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1990
Creación de un nuevo circuito mundial masculino

ATP. La “conferencia del estacionamiento” en 1988

Por Eduardo Puppo *

L
a evolución popular del tenis a nivel mundial, que condujo a un cada vez más satisfactorio tratamiento mediático, atrajo obviamente a los grandes capitales que vieron en este deporte una plataforma ideal para ligar su imagen. El profesionalismo, blanqueado en 1968, abrió caminos inéditos para los organizadores de torneos y muy pronto se pobló de promotores que hicieron lo imposible por contar con los mejores tenistas en sus filas. Unos jugadores fueron tentados por un lado, otros por otro y se dividieron las aguas. Como es inevitable, surgieron entredichos, peleas, rupturas y la lucha sin cuartel por una porción de la gran torta que el tenis amasó en poco menos de 15 años, libre de límites entre aficionados y “autorizados” a cobrar.

La reacción de la Federación Internacional de Lawn Tennis (FILT, así se denominaba) no tuvo medias tintas y criticó tenazmente el incremento de grupos fuera del circuito oficial bajo una consigna: “Están controlando hasta las vidas de los jugadores de tenis”. Un año después de la apertura, en los críticos minutos iniciales de la “era abierta”, donde los pagos por debajo de la mesa ya no causaban indignación, el australiano John Newcombe, uno de los más carismáticos y expuestos, famoso por sus bigotes tipo “mostacho”, presidió la “Asociación de Jugadores de Tenis”.

Las figuras sabían que no podían continuar así, manejados comercialmente de tal forma que la mayor bolsa de dinero quedaba en bolsillos ajenos. La iniciativa apenas duró un año y medio porque ninguno se podía ocupar “full time” y los intereses eran demasiado disímiles como para llegar a buen puerto. Fue un buen primer movimiento generado desde los propios protagonistas, aunque en el '67 ya había visto la luz la “Liga Nacional de Tenis”, dirigida por el estadounidense George Mac Call, ex capitán de Copa Davis de su país. Pero al entorpecer la marcha de los gigantes, la World Championships Tennis (WCT) la absorbió. ¿El objetivo? Correrlos del mercado para continuar dominándolo y ganar terreno de la mano de otro ex grande, el también estadounidense Jack Kramer en el Board.

Pero no estaba todo dicho y restaba mucho camino por recorrer. Llegó el Grand Prix con el patrocinio de la marca Pepsi, algo así como la Carrera de Campeones del futuro, que le otorgaba puntaje a los torneos desembocando en un encuentro final (Masters) con los mejores seis ubicados (a través de los años varió la cantidad de “maestros”). Pero las directivas venían de la FILT y de la Asociación de Tenis los Estados Unidos (USTA), con Kramer nuevamente en la lista de influyentes. La idea de los jugadores siguió latente y en septiembre de 1972 se juntaron, en Forest Hills, cincuenta de los más destacados, con mayor ímpetu y decididos al cambio. Significó el arranque, el punto de partida para hacerse escuchar: crearon la ATP (Asociación de Tenistas Profesionales), presidida por el jugador sudafricano Cliff Drysdale ¿Quién era el mánager? Sí, Jack Kramer, quien asumió como director ejecutivo y tenía la anuencia de la mayoría, los conocimientos y los teléfonos necesarios en su agenda para encarar a los empresarios con reales posibilidades de éxito.

En un par de meses estaban registrados legalmente y Kramer cedió sus oficinas en Los Angeles para el funcionamiento de la nueva organización. Allí figuraba un sudamericano, el chileno Jaime Fillol, quien formó el comité para redactar el código de conducta de los jugadores y escribía la columna “Más que rumores” en el órgano de difusión oficial “Player Guide”. Fillol fue luego vicepresidente entre 1976 y 1978 y presidente entre el '78 y el '80 y siempre tuvo vocación dentro del organigrama: “Tratábamos de facilitar la tarea y dar soluciones a los dueños de los torneos. Más que un sindicato, el objetivo de la ATP era profundizar el desarrollo del tenis profesional. Si fuera sólo por conveniencia, jamás habríamos hecho un código de conducta, por ejemplo”, explicó Fillol en el libro “Historia del Tenis en Chile”, del periodista Mario Cavalla.

La temporada siguiente al inicio de actividades, en 1973, se produjo el archifamoso boicot a Wimbledon, cuando los top se unieron en apoyo al yugoslavo Niki Pilic, a quien la Federación Internacional le prohibió participar en Londres. ¿Motivos? Pilic se negó a formar parte del equipo de su país en Copa Davis que debía enfrentar a Nueva Zelanda, porque prefirió participar de un torneo en Canadá recibiendo una suspensión de nueve meses. Y en ese lapso también jugó en Italia, torneo que lo aceptó violando las órdenes de la FIT, sucediéndose una larga controversia (ver “Caso Pilic”).

La flamante ATP tuvo en sus manos el primer tema gremial conflictivo. Apeló a la Corte pero le fue mal, ya que Pilic finalmente no pudo anotarse en el All England, por decisión del juez a cargo. Cerca de 90 jugadores se solidarizaron y tampoco viajaron a Gran Bretaña en la mayor demostración de unión en el tenis de todos los tiempos. En esas condiciones convivieron con las instituciones mayores o más antiguas, como la FILT o el MTC (Men's Tennis Council, integrado por representantes de jugadores, la FILT y los Grand Slam, presidido por Marshall Happer III).

El entonces mandamás de la ATP, Hamilton Jordan (que falleció de cáncer el 20 de mayo de 2008 y fue, entre otras cosas, jefe de gabinete en la presidencia de Jimmy Carter), apuntaló las bases, creó oficinas en otros lugares estratégicos y lanzó el primer ranking oficial computarizado, en 1973, que a fin de cuentas lideró el rumano Ilie Nastase. Pero nunca congeniaron lo suficiente con el “establishment” porque, otra vez, los intereses encontraron rumbos claramente bifurcados.

A los tumbos arribaron a 1988, el año clave para el posterior desarrollo de la ATP. En pleno US Open, ya en el predio de Flushing Meadows, Jordan (su CEO) solicitó a los directivos uno de los salones de conferencia de prensa para exponer “algunas ideas referidas a los intereses de los tenistas”. Pero ante su sorpresa, le rechazaron el pedido. Inmediatamente pensaron en una alternativa que, con el tiempo, se transformó en un verdadero mojón mítico: hicieron la reunión en el estacionamiento, en la entrada del complejo, en el sector donde llega el público desde la estación del “Subway 7”. Montaron un pequeño atril con un enorme logo de la ATP en el frente, un micrófono con pequeños parlantes y convocaron a los periodistas con un breve comunicado fotocopiado y distribuido en la sala de prensa.

Fue el martes 30 de agosto y tuve la oportunidad de ser testigo y fue muy raro ir en masa hacia otro lugar que no fueran las “rooms” destinadas a las entrevistas, el ámbito natural que nos une a los acreditados de prensa. Aún no existía el enorme estadio Arthur Ashe y la distancia entre donde nos encontrábamos -el Louis Armstrong- hasta la puerta frente a la “East Plaza” era relativamente corta. Mantengo un vago recuerdo de las caras adustas del mismo Jordan, secundado por Brian Gottfried, Tim Mayotte, Mats Wilander (que era el Nº 1), Ray Moore, Paul McNamee, Brad Gilbert y varios más que quedaron perdidos entre la gente. La ATP pasó al ataque justo esa tarde y todos sabíamos que algo trascendente ocurriría en este deporte.

La queja básica ya se conocía: que aquellos que decidían el destino del tenis no le prestaban la atención necesaria a los jugadores de acuerdo a su importancia en el engranaje. Distribuyeron un resumido comunicado que luego se publicó completo en la revista International Tennis Weekly, el órgano oficial de la ATP, bajo el título “Tennis at the Crossroads” (Tenis en la encrucijada) y es interesante reproducir los párrafos cruciales que culminaron en la creación de un nuevo circuito en 1990.

Las primeras preguntas que hizo la ATP fueron: “¿Continuará el Council añadiendo torneos a un calendario ya sobrecargado? ¿Será ese calendario delimitado o seguirá siendo el tenis el único deporte mayor a nivel mundial sin un período de fuera de temporada? ¿Será comercializado por una sola entidad o permanecerá siendo el único en el mundo sin una estructura comercial? ¿Se terminará de una vez el pleito entre el Council, un patrocinador y dos compañías de management, o se proseguirá empañando la imagen de nuestro deporte con batallas judiciales? ¿Se unirán los derechos televisivos de los torneos del Grand Prix? ¿Estarán de acuerdo los directivos de los Grand Slam en contribuir con sus derechos de transmisión o con una parte de ellos? ¿Se unificará el tenis en su totalidad para convertirse en un deporte moderno y bien organizado o continuará siendo altamente fragmentado sin darnos cuenta del tremendo potencial que posee en todo el mundo?

Muchos interrogantes de difícil respuesta o, como mínimo, no dentro de los tiempos que los tenistas requerían, apurados por no dejar pasar la oportunidad de reformar el sistema. Ya se habían establecido pautas que incluyeron un Código de Conducta y un programa de Control Antidoping (desde 1986), en sus principios más rudimentarios; el Grand Prix, auspiciado entonces por Nabisco, aunque imperfecto, administraba correctamente los certámenes a lo largo del año; se incrementaban los premios a buen ritmo; los programas de arbitraje eran apoyados por los mismos jugadores y la calidad del circuito ganó terreno popular en Asia, Europa y Australia.

Pero a pesar del progreso en variados campos, los tres elementos fundamentales, cada cual en su dimensión, manifestó el descontento general: jugadores, torneos y sponsors. Después de la reunión en ese lugar inédito, que se recuerdo como la “Parking Lot News Conference” donde, si mi cálculo no falla, había unas 120 personas, nos “desconcentramos” un poco shockeados por la crudeza del mensaje. Yo fui a ver uno de los entrenamientos de Gabriela Sabatini quien, un par de días más tarde, disputó con la alemana Steffi Graf la finalísima del Abierto de los Estados Unidos. Ese fue otro golpe histórico: con su victoria, en tres sets, la alemana conquistó nada menos que el Grand Slam, algo que no sucedía desde 1970. Y como plus, Graf también se quedó esa temporada con los Juegos Olímpicos, en Seúl, por lo que su logro se denominó “Golden Slam”. Como para olvidar esas dos semanas en Nueva York.

Pasando en limpio la exposición de Jordan y compañía, que fue seguida con atención por los periodistas más encumbrados de los medios internacionales (haciendo un rastreo visual creo haber visto a Bud Collins, John Parsons, Gianni Clérici, Rino Tomassi, Bob Green y Richard Evans entre otros) y unos 5 o 6 fotógrafos, la “lista” de problemas esgrimida por Jordan no tardó en aparecer:

1. “El tenis profesional no está bien organizado. Nuestra debilidad más expuesta es que lo está de un modo que desafía al entendimiento público. ¿Quién manda? ¿El Council, la FIT, la ATP, la WCT, la USTA, la WITA? ¿Qué es más importante, los puntos de la computadora de la ATP o los del Nabisco Grand Prix o los de bonificación? La gran debilidad del sistema es la falta de una estructura central”.

2. “A causa de que el tenis profesional está mal organizado y confunde al consumidor deportivo, todavía no nos dimos cuenta de su potencial. Si una empresa quiere patrocinar a un torneo ¿qué jugadores obtendrá? O si desea patrocinar durante largo tiempo o a todos los torneos, ¿a quién se enfoca? ¿Debe hacerlo a través de un agente de jugadores? ¿Qué papel desempeña la ATP? El tenis, de esta manera, descorazona a los inversores amplios. Nuestro único patrocinador a largo plazo, Nabisco, se está alejando como sponsor, enviando de esta forma un mensaje a las grandes compañías: el tenis no es una buena inversión”.

3. “Nadie comercializa el juego profesional, siendo el único deporte de este nivel sin circuito comercial y que no vende su producto al consumidor”.

4. “Los jugadores deben asumir mayor responsabilidad en su juego. Debemos honrar a nuestros compromisos con los torneos y sus auspiciantes y estar más involucrados en la promoción. Debemos producir un jugador más informado, que entienda y acepte sus obligaciones hacia el juego y el sistema”.

5. “Tampoco ellos están representados con justicia en el sistema actual. Los tenistas profesionales se encuentran en una posición relativamente más débil que los atletas profesionales de otros deportes. Tienen solamente tres de los nueve votos del Council y son el único elemento indispensable de este deporte y la parte del juego más directamente afectada por las decisiones del Council. A pesar de esto, sólo tienen un tercio de los votos”.

6. “La Federación Internacional de Tenis posee una influencia desproporcionada en este sistema. Las contribuciones históricas y actuales de la FIT no deben permitir la privilegiada posición y peso que disfruta hoy en día. En 1987 existieron contradicciones en los pedidos de sus representantes hacia los torneos que no forman el Grand Slam. Fueron sus directivos los más fuertes en limitar el papel de las compañías de management en los torneos, pero rehusaron a terminar las relaciones que tenían con varias de las empresas que los auspiciaba. La FIT defendió siempre, con firmeza, el cumplimiento de los compromisos de los jugadores y, cuando existieron incompatibilidades por coincidir con los Juegos Olímpicos, fue la primera en tratar de conseguir que los tenistas dejaran aquellos compromisos”.

En las anotaciones pertinentes que realicé aquel día tan particular a “boca de urna”, y que increíblemente nunca tiré a la basura ni en las mudanzas ni en la limpieza habitual que uno hace de sus papeles, aparecen algunos de los conceptos de Jordan que preocupaba a la masa de jugadores. Por ejemplo: definir claramente el papel de las compañías de management que proliferaban; que el sistema no fuera dependiente de algunos jugadores de elite; terminar con la parcialidad de los torneos europeos; apuntar un poco más hacia la caridad repartiendo ganancias; etc.

Todo bien hasta allí, pero ¿y las soluciones? Esperábamos el grito de guerra, porque indudablemente semejante movimiento no se había armado ni para consensuar ni para unificar criterios. El MTC había administrado todo -incluso los nuevos challengers y circuitos satélites- entre 1974 y 1989 y la ATP parecía no soportar más la situación, sobreviniendo la crisis. Jordan expuso las tres opciones que los jugadores “podían” seguir:

1. “Apoyar al sistema, lo cual es inaceptable para nosotros”.

2. “Apoyar a un nuevo Council, en el que los jugadores tengan voz y responsabilidad en forma proporcional a su contribución al deporte”.

3. “Si los cambios que deseamos en la estructura del Council no se producen, podemos considerar seriamente la organización de un circuito internacional de la ATP, en conjunción con los directores de los torneos que comparten nuestras esperanzas en este juego”.

Se produjo el “crash”. Aclararon que, pasara lo que pasara de allí en adelante, los jugadores cumplirían con los compromisos asumidos para 1989, pero la señal de largada para los enfrentamientos fue una realidad. La Federación Internacional de Tenis (FIT, su nuevo nombre a partir de 1977) rechazó inmediatamente el comunicado de la ATP. Y ninguno de nosotros, los periodistas, pudimos utilizar las salas de conferencias para preguntar sobre el tema: los organizadores, en otra demostración de ira, le prohibieron a los jugadores realizar comentarios al respecto dentro de ese ámbito.

Así las cosas, unos días después de la conferencia en el “parking”, 85 de los 100 primeros tenistas del mundo firmaron una carta de apoyo para conformar un nuevo circuito profesional, paralelo al que ya existía. A comienzos de 1989 se estructuró el esqueleto de la nueva propuesta y, mediante un contrato firmado, 24 jugadores -8 de ellos top ten- dieron su conformidad para participar del “ATP Tour” (que desde enero de 2001 se denominó circuito ATP a secas y modificaron el tradicional logotipo con el tenista realizando un saque, adaptándolo a los diseños de moda, agregándole simpleza y acción).

Habían ganado parte de la batalla pero es obvio que les faltaba una pata vital: los Grand Slam, bajo la supervisión de la FIT. Sin embargo, siguieron firmes comandados por Mark Miles (CEO) y un comité de directores integrado por Franco Bartoni, Graham Lovett, Charlie Pasarell, Steve Meister, Vijay Amritraj y Larry Scott, con base en Pontevedra Beach, Florida, y oficinas en Sydney y Montecarlo. Presentaron su propio calendario en enero de 1990, con 76 torneos en 28 países y, como bonus, consiguieron la firma de los 50 primeros del ranking para disputarlo.

No medió mucho tiempo hasta que cobró fuerza y la marca “ATP” fue sinónimo de poder dentro del tenis profesional. Lentamente se ordenaron los tantos en forma armoniosa para conformar a cada sector y los jugadores tuvieron autonomía para pisar las canchas que quisieran. Claro que el desgaste, luego de poco más de 15 años, produjo varios encontronazos entre miembros jugadores y directivos en el corazón de la ATP. Otra bomba estuvo muy cerca de estallar y provocar otro desmembramiento, bajo la consigna de crear un circuito paralelo que no prosperó, iniciado por el sudafricano Wayne Ferreira.

Pero la gran “movida” fue aquella soleada tarde en Flushing, donde un simple hecho -no dejar expresar a los verdaderos actores en su propio escenario- además de corporizar un símbolo perfecto, marcó con crudo realismo que no eran ellos quienes manejaban el circo. Los argentinos nos quedamos sin el título de Gaby aquel año, es cierto, pero el tenis dio uno de los pasos más impactantes dentro de su jugosa historia.

* Presente en la conferencia de la ATP realizada en el estacionamiento de Flushing Meadows en agosto de 1988.


© Eduardo Puppo 2013


IR INDICE


El mandamás de la ATP en 1988, Hamilton Jordan, en el estacionamiento de Flushing Meadows. Anunció, junto a varios de los mejores tenistas del mundo de entonces, un nuevo circuito para 1990. Los directivos de la USTA (asociación estadounidense), le negaron utilizar la sala de conferencias ya que era un secreto a voces que los jugadores estaban gestando un movimiento en contra de la Federación Internacional de Tenis.