Tenis histórico


Por Juan José Moro

Gabriela Sabatini - Wimbledon 1991
Fue el Wimbledon de los milagros

La historia del tenis comienza a escribirse a partir de Wimbledon. Aunque no por ello deje de tener importancia, y vaya si la tiene, lo que ocurra en Roland Garros, el US Open y, en menor medida, Australia. Los Grand Slams parecen tener el mismo valor, pero la historia, no por esa razón incapaz de revertir valores, ha creado a Wimbledon a imagen y semejanza de los dioses del tenis. Y la misma historia dirá que la alemana Steffi Graf se proclamó campeona de Wimbledon por tercera vez, en 1991. Y si bien la magnífica foja personal de Gabriela Sabatini se verá extraordinariamente enriquecida con una final individual en el All England, ni en la fría y sintética lista de los “palmarés”, ni en las placas del Museo de Wimbledon, dirá que la mejor tenista argentina de todos los tiempos estuvo muy cerca de anotar su nombre en el exclusivo grupo de campeonas. Tan cerca como que dos veces contó con el servicio para ganar el partido.

¿Se equivocó Gabriela en ese instante cumbre? Jamás se sabrá. En las frases de la propia jugadora y en la idea de Carlos Alberto Kirmayr, su coach de entonces, figuran los dos conceptos, en parte opuestos, sobre las variantes posibles. “Di todo de mí; hice lo que tenía que hacer. Tuve mala suerte con la volea de revés en el 30-30 del 6-5, al pegarle con el marco... Que tenga que mejorar el servicio es otra cosa, es cierto que dos veces el saque me quedó corto y ella arriesgó y le salió bien. Está visto que hoy no tenía que ganar”. Con asimilada resignación, Sabatini admitía la derrota con cierto fatalismo, apenas minutos después de abandonar el mítico court central.

Una hora después de la final, tras manifestar que aún se sentía “adormecido”, el entrenador brasileño no ocultó su desilusión: “Esperó los errores de Graf en vez de arriesgar. Hay un momento en que uno tiene que arriesgar y ser más agresivo; había que poner presión. Gaby podría haber hecho cuatro doble faltas y perder peor, pero había que buscar la victoria; no hay que esperar que el destino te de la victoria...”. Fue muy bueno que Kirmayr no adoptara una actitud complaciente y haya dicho lo que sentía. Algo que, estamos convencidos, siempre hizo. Tan positivo fue eso como ridículo llegar a pensar que Gabriela tuvo temores a la hora de definir. ¿Cómo llegar entonces a jugar la final de un torneo tan trascendente como Wimbledon y perder 8-6 en el tercero?

Sabatini fue coherente con su juego de ese día y el que venía desarrollando en el certamen londinense. Jugando como lo había hecho previamente y realizando un estupendo segundo set. Y aunque no lo recordará la estadística, el partido fue de una generosidad extrema y no se equivocó la norteamericana Jennifer Capriati cuando advirtió que, por la bondad del juego de Sabatini y las ansias de Graf, la final sería una batalla inolvidable. Y vaya si lo fue.

Veinticuatro horas más tarde en la misma Catedral se coronaba a un nuevo modelo de bombardero alemán. El match definitorio no será recordado por las sutilezas técnicas ni por la creatividad estratégica. El sorprendente Michael Stich propuso un servicio a 200 km/h de promedio y sus no menos rápidas devoluciones. Boris Becker, enfrente, tenía que aceptar el desafío y los intercambios sobre la red rara vez superaron los cuatro golpes. Hubo fuerza y sólo fuerza. Y Stich golpeó más fuerte. Fue el último encuentro de una edición de Wimbledon no tan particular por haber sido pasada por agua: sin lluvia no sería Wimbledon. Pero el agua, excesiva, casualmente como ocurre en tantos descubrimientos, permitió detectar uno muy positivo: el surgimiento del domingo histórico.

Fue una apuesta hacia la modernidad. Una apuesta a un futuro agradable y refrescante. Derivado de una decisión adoptada de mala gana por los organizadores, apremiados por el retraso en la programación, aceptaron la inédita opción de abrir el club el domingo intermedio. La policía temió una afluencia de más de 100.000 personas y la preocupación fue tremenda. Por eso no extrañó que cerca de 2.000 almas hicieran tantas horas de guardia en las veredas para asegurarse una de las más de 20.000 entradas que se pondrían a la venta ese mismo día. Pero no hubo caos y la jornada, tranquila y festiva como pocas, resultó un acontecimiento. Se hicieron “olas” en la cancha central al mejor estilo Mundial mexicano; risas y cánticos. Súbitamente, el club se sacó de encima unos cuantos años.

El mismísimo jefe ejecutivo del All England no sólo lo reconoció, sino que se esforzó en ocultar su entusiasmo: “Hubo una atmósfera distinta y los jugadores lo agradecieron. Fue todo tan bonito que el Comité lo tendrá en cuenta para el futuro. Nos encantaría repetir algo que sirvió para aumentar la atracción por el tenis”. Sería interminable enumerar la multiplicidad de detalles que le dieron más vida a un Wimbledon tan especial.

Para rescatar algunos a la distancia recordamos el supuesto embarazo de Monica Seles tan promocionado por los diarios sensacionalistas; la ruptura sentimental de Martina Navratilova con su pareja de toda la vida; los insultos renovados de John McEnroe; la ropa blanca y los anteojos de Agassi y hasta la jubilación de Tim Thorne, el responsable del inmaculado aunque maltratado césped de Wimbledon. Así pasó la edición de “el Campeonato” en donde una argentina estuvo a un paso de la gran consagración. Fue un Wimbledon nada tradicional. El Wimbledon de los milagros.

* Estuvo presente en la edición 1991 de Wimbledon.

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Periodista de Radio Rivadavia.

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