Tenis histórico


Por Guillermo Salatino

Copa Davis Argentina-Estados Unidos 1981
Perder con la frente alta

El lugar, Cincinnati, no tenía mucha vida: frío, nieve y un río, el Ohio, que hacía las veces de vereda del River Front Coliseum donde la Argentina disputó su primera final mundial de Copa Davis. En ese momento muchos se preguntaban por qué habían elegido esa ciudad y existían dos razones: una, por ser quien más dinero ofreció a la asociación norteamericana de tenis para organizarla; la otra, porque en esa época del año, en Nueva York, sólo “vende” lo que esté relacionado con Santa Claus... Recuerdo que viajaron los periodistas más importantes del mundo para presenciar una cómoda victoria local. Hasta nos preguntaban a los argentinos qué expectativas teníamos, en tono socarrón, porque era una empresa realmente complicada y ellos anticipaban una destrucción deportiva. Intimamente sabíamos que debíamos perder fácil, pero la cosa era vivir una final, sentir qué significaba participar del último match, con la Copa Davis ahí, en un costadito de la cancha.
Cuando llegamos el panorama era desalentador. Vilas tenía una gripe preocupante, creo que sinusitis o algo así, con la cara tan congestionada que casi no podía respirar además de la voz tomada. Incluso, en una de las prácticas con Bengoechea pidió ser atendido por el médico de la delegación, Román Rostagno, quien le dio analgésicos para que pudiera continuar jugando. Su novia, por entonces Gabriela Blondeau, estaba con un fuerte malestar estomacal que preocupaba a Willy y Clerc venía mejorando de una lesión en la planta de su pie derecho (que tuvo en el torneo de Milán), pero el descanso obligatorio que había realizado le quitó horas de juego y ritmo. En los entrenamientos previos, por ejemplo, Clerc jugó mucho con un desconocido juvenil americano -Joe Heldman-, de 18 años, que por ser zurdo imitaba el juego de McEnroe. Y no le resultó fácil... Ese chico, junto a Bill Stanley, también zurdo, de dieciséis, fueron contratados como sparrings.
En el sorteo, en los salones del Westin Hotel, observamos la primera alegría en la delegación: abriría Vilas contra McEnroe. En aquella época se sorteaba el orden de los partidos y los rivales, no como ahora que ya se sabe que juegan el uno contra el dos y sólo importa quién lo hace primero. Y el primer papelito que salió de los copones colocados a los costados de la famosa Copa Davis fue el de Supermac, seguido del de Vilas. Por ende, Clerc tendría enfrente a Tanner y allí se produjo una esperanza, porque en los cálculos debía ganarle y, de esa forma, la serie se extendería hasta el domingo. Más que nada porque temíamos una paliza y de esa manera, con el 1-1 potencial, los estadounidenses no jugarían tan tranquilos. Pasadas las 13 (las 15 en la Argentina) y con cerca de 9.000 personas en las tribunas, Vilas y McEnroe comenzaron la gran final. Recuerdo que le pregunté a Bud Collins, el periodista de tenis más famoso del mundo, por qué no estaba lleno y me respondió: “Es que ya ganamos 24 veces la Copa Davis...”
A pesar del score aparentemente fácil para Supermac, Vilas no jugó nada mal. Algunos opinaron que falló demasiado, pero nosotros lo veíamos del lado positivo: para enfrentar a ese McEnroe había que jugarse. Y Vilas lo hizo. Imprimió mucha velocidad a su devolución, le pegó fuerte a todo para impedir que su rival ganara la red. El resultado no fue bueno, pero era la única manera de buscarlo. En una 1h35m los Estados Unidos quedaron 1-0. Media hora más tarde, a Clerc lo esperaba Tanner y su saque “cannon-ball”. La orden de los coaches era que bloqueara el servicio para controlarlo y privarlo de su mejor arma. Pero Tanner lanzó toda su dinamita para ganar el primer game en cero. Clerc no se quedó atrás y ganó el suyo de la misma forma. En el tercero se hizo más fuerte devolviendo como los dioses y ¡le quebró en cero! Por la gran velocidad de la cancha y viendo cómo estaba sacando el argentino, ese quiebre significaba estar set arriba.
Pero los sufrimientos se hicieron presentes -y durarían todo el fin de semana- porque Tanner quebró en el octavo juego y había que comenzar de cero otra vez. Y así hasta el 11º game, donde otra vez el estadounidense cedió su saque y José Luis cerró el parcial después de 42 minutos. En el segundo set cada uno obtuvo su servicio y, luego de dos ventajas desperdiciadas, el argentino logró finalmente quebrar en el quinto game y más tarde en el noveno. Tanner, sirviendo 30-15, cometió una doble falta que resultó fatal: se desmoronó bajo la presión y en 34 minutos entregó el segundo set por 6-3. Prácticamente estábamos festejando de antemano, pero apenas se inició el tercero aparecieron las dudas de Clerc: entregó su saque sin anotar puntos y le dejó abierta la posibilidad de reacción a su oponente. La ventaja de Tanner se mantuvo hasta que en el sexto game, y luego de estar 40-0, se equivocó en dos pelotas fáciles y otra se la cantaron mala, perjudicándolo. Manteniendo su game de servicio la victoria se veía cada vez más cerca. Estando 7-6 Clerc mostró toda su categoría y con dos o tres furibundas devoluciones y un par de passing shots volvió a quebrar y quedarse con el triunfo. Ese 1-1 cargó la responsabilidad sobre McEnroe, que el domingo debía jugar contra Clerc, a quien respetaba demasiado.
Después de los dos singles hablamos con el capitán, Carlos Junquet, y analizamos las posibilidades de cómo formar el dobles. Y los que allí estábamos coincidimos: las chances eran nulas. El Pato Rodríguez quería que Clerc participara porque consideraba que para su jugador sería mejor eso que entrenar, pues entraría en contacto con el saque de McEnroe un día antes de enfrentarlo. Vilas permanecía “internado” en su habitación y nadie tenía contacto. Junquet no estaba decidido e incluso llegó a pensar que debían jugar Cano con Bengoechea o Cano con Clerc. Su preocupación radicaba en que Vilas podía tomar mal esa exclusión después de la derrota con McEnroe, perjudicando su estado anímico para el domingo.
En la mañana del sábado se reunieron Tiriac y Rodríguez en el hotel Stouffer's Tower y determinaron que Vilas y Clerc era la pareja adecuada. A las 10 se fueron junto a Cano y Bengoechea para practicar tácticas en el Eastern Hills Tennis Club. El objetivo común aparecía por encima del particular. Los mejores del equipo no se hablaban, pero igual fueron al estadio a buscar la gloria. Tiriac les dijo: “Después del partido, si quieren, los invito a mi habitación y se cagan a trompadas, yo oficio de referee. Pero en la cancha son como hermanos y dejan la vida. ¿De acuerdo?”.
Obviamente ambos aceptaron el desafío; estaba en juego la final de la Copa Davis y así lo entendieron: concentrados al máximo realizaron un entrenamiento donde aplicaron al pie de la letra las sugerencias de sus coaches, entre ellas que Vilas jugara recibiendo del lado de los impares. Después de los Himnos nacionales, cantados por una argentina radicada en el lugar, miles de personas esperaban la “masacre”. Un pequeño grupo portaba una bandera argentina y a las 13.15 recibieron a los protagonistas: Vilas y Clerc, hablándose y sonriendo, entraron delante del capitán, Junquet. En las gradas, Tiriac y Rodríguez -que tampoco tenían una relación perfecta- se sentaron juntos y, a su lado, nada menos que el español Manolo Santana y el brasileño Edison Mandarino, para colaborar en lo que fuese necesario y aplaudir a los argentinos hasta el límite de sus fuerzas.
Pero el inicio fue lapidario, con un dominio absoluto de la mejor pareja del mundo formada por McEnroe y Fleming. Le quebraron dos veces a Clerc (quinto y noveno) y cerraron el parcial por 6-3. En el segundo los nuestros cambiaron de posición: Vilas en el primer rectángulo y Clerc del lado del revés. Y jugaron más sueltos, distendidos y muy prendidos. Fueron construyendo una soberbia actuación, similar a la de Memphis '79, cuando en una superficie parecida estuvieron cerca de la victoria contra otra dupla excepcional como Stan Smith y Bob Lutz. Vilas devolvió muy bien desde ese sector y Clerc consiguió un timing ideal. En el quinto juego McEnroe hizo una doble falta y enseguida Clerc colocó un “palo” de “aquellos” para quebrar el saque más complicado de todos.
¿Qué pensábamos? Que no nos pasarían por arriba. Pero en el 4-3 y 30-0 para los argentinos (con saque de Vilas) McEnroe provocó el primer disturbio: se tiró al suelo y despegó un poco más la cancha de goma -que ya estaba bastante maltrecha- para cortar el ritmo que llevaban los nuestros. Se paró el partido durante 18 minutos, aunque no les sirvió de mucho a los locales, pues Vilas y Clerc ganaron los games de sus saques otra vez en cero y con eso el set por 6-4. A partir de allí McEnroe se enloqueció. Se peleó primero con Clerc, con insultos y gestos que casi terminan en una riña en un cambio de lado. Ashe los separó, pero McEnroe insultó también a Vilas, quien antes, al salir en defensa de su compañero, encaró feo al irascible Supermac. Creo que ese gesto los unió un poco más. El set continuó en un clima tenso y quedó para los estadounidenses por 6-4 en 41 minutos. Lejos de amedrentarse, los argentinos continuaron con lo suyo: el saque de “Batata” se tornó imparable; las devoluciones de Fleming tenían como destino la lona de fondo una y otra vez; McEnroe golpeaba su raqueta contra el piso sin control... Así llegaron saque a saque hasta el noveno game donde McEnroe, después de remontar un 15-40, en la segunda desventaja no pudo frenar una devolución impresionante de Clerc que lo dejó parado. Cuando le tocó servir a “Batata”, McEnroe hizo un show escandaloso: se peleó con dos fotógrafos argentinos, con un juez de línea, con el umpire y con su capitán... Tampoco causó efecto, porque Clerc ganó nuevamente en cero y puso las cosas dos sets por bando.
En el quinto, los brillantes antecedentes de la dupla local quedaron a un costado. El partido se había convertido en una lucha sin cuartel, donde cualquiera podía ganar. No lograban quebrarse: Clerc sacaba a una velocidad pasmosa y Vilas, colocando y corriendo perfecto a la volea. En esas condiciones llegaron al game más importante de la final, estando seis iguales: Fleming, muy asustado, sacó 30-40. Salvó ese break pero “Argentina” tuvo una ventaja -por un error de McEnroe- y luego, con un globo con top spin notable, Vilas dejó mirando al techo a sus rivales. Los argentinos pegaron un salto y se abrazaron... “¡Grande maestro!” le gritó Clerc; “¡Vamos, Batata!” respondió Vilas.
Con el score 7-6 y el saque (de Vilas) las perspectivas para encaminarse hacia el título en la Copa Davis se acrecentaban. Cuando el reloj marcó las cuatro horas de juego Vilas le sacó a Fleming largo al drive y el rubio longilíneo, que venía desperdiciando devoluciones, metió un passing paralelo imparable. Tras eso, McEnroe voleó impecable y Fleming, agrandado, puso la ventaja. En ese punto, un drive de McEnroe sobre una gran volea de Vilas pasó entre medio de los argentinos y con él se desvaneció la ilusión al perder el juego en cero. Percibimos en el aire que la Copa Davis se comenzaba a diluir como arena entre los dedos. Mantuvieron sus servicios hasta que en el vigésimo game le quebraron a Clerc: sacó, se fue a la red y una devolución baja de McEnroe, de revés, hizo que su volea, también de revés, se fuera alta y al costado. Casi cinco horas para que los Estados Unidos tomaran ventaja de 2-1. Fue derrota, pero demostrando que dos buenos singlistas generalmente pueden conformar un gran dobles. Como anécdota curiosa, Carlos Junquet, el capitán, se quedó dormido en algún pasaje del encuentro y, detrás suyo, en la tribuna, el escribano “Cacho” Vásquez, también... En realidad, el partido fue muy largo... Los dirigentes no tenían peso, como Roberto Meyer y Juan Stagnaro. Ellos fueron quienes pusieron en la silla de capitán a Carlos Junquet, quien tenía muy buenos antecedentes como tenista pero no contaba con experiencia a nivel internacional ni con peso suficiente como para que Vilas y Clerc atendieran sus indicaciones. Claro, quién hubiese tenido peso…
De cualquier manera nos pareció que eran muchos dirigentes y que tal vez podrían haber aprovechado un canje con pasajes, producto de una buena gestión comercial, para enviar a los juveniles. A Carlitos Castellán le hubiese sido mucho más provechoso vivir una final que jugar un circuito satélite en el Darling, entidad que presidía Stagnaro; para Roberto Argüello, mucho más interesante que estar en Rosario con su novia... El puesto de capitán no servía demasiado. Los equipos de Vilas y Clerc eran de a dos; los demás no existían. Allí nació aquella frase “el capitán está para alcanzar la toalla y la coca cola”, ya que la batuta la tenían Tiriac y Rodríguez, de manera que así como estuvo pintado Junquet lo hubiese estado cualquier otro.
Repuestos de la emoción, el domingo era a cara de perro. Sólo servía ganar. Clerc debía derrotar al mejor del planeta, en su cancha y con su gente. Asombrosamente, el argentino rindió a pleno. Bloqueó con soltura el servicio de McEnroe, le jugó de igual a igual. Pudo ganar el primer set cuando se colocó 5-4 con su saque y lo perdió por 7-5; exactamente lo contrario en el segundo. En el tercero se colocó 3-1 y una decisión de los jueces de línea lo desconcentró y perdió cinco games consecutivos. En el cuarto volvió con todo y se lo llevó por 6-3. Aún con sets iguales la situación no era definitiva. Clerc bajó el rendimiento de su saque, que hasta entonces venía siendo letal, y fue la clave de su caída, además de una pequeña dolencia en la plata de su pie derecho y, obviamente, el temple de McEnroe en los momentos cruciales donde hay que definir. El estadounidense saltó la red y se unió a la euforia de su equipo. Ese descomunal fervor confirmó que la cuestión no había sido sencilla para ellos.
El quinto partido quedó con ventaja para Tanner sobre Vilas de 11-10 cuando de común acuerdo decidieron cancelarlo ya que no tenía influencia para variar el inamovible 3-1. Se perdió, es cierto, pero con honores. Se dejó todo, hasta cuestiones personales para alcanzar el triunfo. Después de tres días la Argentina desterró un par de mitos: que esos jugadores podían jugar en cancha rápida; que no sólo rendían sobre polvo de ladrillo... Fuimos con la cara descubierta para recibir un gran cachetazo; volvimos con la frente bien alta y la dignidad intacta.

* Presente en la final mundial realizada en Cincinnati.

© Copyrigth Guillermo Salatino - Prohibida su reproducción
Volver a página principal

Periodista deportivo de Radio La Red y FOX Sports

Columnas anteriores

Guillermo Vilas US Open 1977-No había con qué darle

Copa Davis Argentina vs. Rumania 1981. Cerca del bochorno

Copa Davis Argentina-Estados Unidos 1981
Perder con la frente alta