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Copa Davis/Argentina

• El equipo argentino en la Plaza Roja de Moscú: Juan Ignacio Chela, Alejandro Gattiker –capitán–, Lucas Arnold Ker, Gastón Gaudio y David Nalbandian.


Copa Davis Argentina vs. Rusia 2002
Aquel frío septiembre en Moscú

Queda lejos Rusia. No recuerdo cuántas horas llevábamos de vuelo hasta que por fin el avión tocó tierra moscovita, en el aeropuerto de Sheremetyevo. Todo me pareció raro, anónimo y como sumergido en una dudosa película de espionaje. Al menos, así de predispuesto fui, porque además no me tocó ningún colega en el vuelo, con los que siempre uno busca acoplarse frente a lo desconocido y solucionar en “equipo” los problemas. Para hacer todo más extraño llegamos en medio de una tormenta muy fuerte y, según la agencia de viajes, me tenía que estar esperando alguien para llevarme al hotel.

Apenas pude salir de migraciones, sin comprender qué me pedían (el inglés, se verá, no serviría de mucho), miré a todos en el hall de arribos: decenas de personas vestidas similarmente, con sobretodos grises, gorros de piel y carteles en la mano en alfabeto cirílico. Traté de descifrarlos y me acerqué a uno que levantaba un papel con algo parecido a mi apellido. No sé por qué atiné a preguntar “¿tenis?”, pero fue como acertar un password: arrugó el cartelito, se lo guardó en un bolsillo y, sin hablarme, me hizo una seña con la cabeza para que lo acompañara. Lo seguí hasta la salida y allí me topé con otro “frío ruso”: 5 o 6 grados, lluvia y bruma que hacía todo más lúgubre y desapacible todavía. “¿Speak english?”, le pregunté tímida pero simpáticamente a los pocos minutos, hundido en el incómodo asiento trasero de un auto gigantesco y negro cuya marca no pude descubrir. “Niet”, me contestó sin dejar de mirar la ruta. Ese fue todo el diálogo. «Tranquilo», me dije, pensando que efectivamente fuera yo a quien este diminuto personaje con mirada perdida debía contactar, aunque con temor a estar ingresando en una trama de película tan fantástica como ridícula.

No veía nada por las ventanillas, sólo agua a baldazos. Distinguí algunos carteles que, lógicamente, tampoco descifré ni por aproximación. Cerca de 45 y pico de minutos después llegamos al gigantesco “Hotel Rossia”, una especie de elefante blanco de épocas doradas pasadas, con miles de habitaciones pero ya obsoleto para los tiempos que corrían y que, años más tarde, fue demolido. Lo único que tenía de atractivo era su ubicación: de cara a la mítica Plaza Roja, del lado de la catedral San Basilio, con el Kremlin a mano, el suntuoso sepulcro de Lenin a una cuadra y el Gum -el viejo mercado convertido en shopping-, a un paso. Ese hotel aparecía en todas las postales porque era inmenso y ocupaba gran parte de una zona arquitectónicamente espléndida. Y otro detalle, el río Moscova al costado.



• El subcapitán del equipo argentino, Gustavo Luza –que en la siguiente serie asumió el cargo mayor– junto a Lucas Arnold Ker y David Nalbandian en las prácticas días antes del inicio de la serie.


Tan grande era el edificio donde nos alojamos, que muchas veces confundíamos internamente dónde debíamos desayunar, pues tenía cuatro sectores y cada uno funcionaba unitariamente. Eso sí, si no teníamos la “papeleta”, como la bautizamos -un cartoncito con nuestro nombre y número de cuarto, que al segundo día ya era impresentable por lo manoseado- no podíamos ingresar. En fin, nos enteramos rápidamente que los dólares y el inglés no servían de nada. Valía sólo el alfabeto ruso y los rublos, en una relación de 1:31 con la moneda estadounidense. Con pilas de billetes en los bolsillos tras el cambio, tomábamos los taxis hacia el estadio Luzhniki (a unos 5 km al sudoeste del Kremlin, sede de los clubes de fútbol Spartak Moscú y Torpedo Moscú), regateando el costo “invariablemente variable” según la cara del cliente. Un par de veces nos atrevimos a los subtes, de 70 años de antigüedad, en las profundidades de la ciudad: estaciones preciosamente ornamentadas, amplias, atestadas pero limpias. Una de sus líneas, la Arbatsko-Pokrovskaya, fue diseñada para albergar gente en caso de una guerra nuclear. Por 5 rublos, la mitad de un peso argentino de entonces, recorrimos el pulmón de Moscú pero sin saber dónde descender. Santo remedio: salir a la luz y tomar... un taxi.

Por las calles, cientos de “Kournikovas” (aún Sharapova no se conocía) confirmaban las bondades físicas de las lugareñas. El estadio quedó de los Juegos Olímpicos de 1980, con capacidad para 18.000 espectadores aunque sólo se habilitaron 10.000 butacas para la serie de Copa Davis. Custodiado de arriba a abajo por militares de inmensos gorros, había que sortear los detectores de metales y la inspección de bolsos cada vez que ingresábamos.

Luego de toda la aventura, finalmente observamos las primeras prácticas y nos instalamos para tres días intensos, en una sala de prensa apestada por el humo de los fumadores, sin división alguna y nada de ventilación. Bajamos a la cancha para corroborar el material: una carpeta rugosa de marca Taraflex montada sobre un aglomerado de una pulgada de espesor. No era tan veloz como lo presumido aunque con un pique muy bajo pero nada complicada para los jugadores argentinos, lo que fue una buena noticia. Hacía 10 años que Argentina no jugaba en condiciones similares (1992, Aarhus, Dinamarca) si descontamos la fallida aparición contra Chile (la de los sillazos) que también fue en superficie en rápida y cubierta.



Como oficié de Jefe de Prensa de la AAT me encargué de la antesala (información de visados, hotelería, facilidades para los periodistas, traslados, etc.). Cuando tuve contacto cara a cara con mi similar ruso, todo fue diferente a lo pactado vía e-mail: no existía la camioneta para llevarnos (tironeando a brazo partido tuvimos una los tres días finales), sólo colocaron dos computadoras para todos, jamás abrieron los ventanales para poder respirar mejor ante nuestra súplica, a regañadientes pusieron un botellón de agua, lo único gratis disponible... Presenté un informe a la FIT con unas 20 quejas, pero la contestación fue benevolente para los rusos: “Es su idiosincrasia”. Y apenas tomaron como válido que no se proveyó de salas separadas para fumadores y no fumadores...

Entre el mal inglés de los organizadores y la poca predisposición para solucionar problemas más allá de las reglas, todo se corporizó en caos. “Lo dice el reglamento” fue el latiguillo a cada solicitud, cortando cualquier reclamo con la frase preferida y más escuchada: “No es posible”. Ya lo habían sufrido el capitán y los tenistas argentinos días antes. Gracias al buen español de Marat Safin solucionamos algunos temas como hablar con los jugadores rusos con mayor tranquilidad y no sumidos al regimen imperativo de las autoridades, que con enormes custodios impedían el acercamiento a sus estrellas. Anécdota: una periodista muy flaquita -creo que del diario francés L'Equipe- que subió la tarima para acercar su grabador a Safin en el sorteo, fue tomada de la cintura por uno de los “patovica” y “depositada” bruscamente en el piso, sin cara de buenos amigos. El grabador voló por los aires y nadie abrió la boca.

Yevgeny Kafelnikov acusó una supuesta lesión en un dedo de su mano izquierda durante las semifinales del torneo de Tashkent, en Uzbekistán, el fin de semana previo, contra el tailandés Paradorn Srichaphan. Eso alteró al capitán local, Shamil Tarpischev, quien ya pensaba en Mikhail Youzhny (de 20 años, 46º en el Sistema de Entradas de la ATP) para ocupar su lugar. En un primer momento el ruso sugirió que no estaría en condiciones de jugar la final de aquel certamen ante el belaruso Vladimir Voltchkov, pero lo cierto es que Kafelnikov disputó el último partido y lo ganó, en dos sets, y todo no pasó de una “bomba” que no llegó a explotar. Kafelnikov esperaba con especial interés jugar Copa Davis, pues había declarado que si la ganaba, se retiraba del circuito.



Afuera siempre lloviznaba y la temperatura nunca superó los 10 grados. El jueves del sorteo, con una tímida aparición del sol, los jugadores salieron a caminar por los adoquines de la famosa plaza, la misma que en 1987 vio aterrizar a un Cessna piloteado por un joven alemán intruso, que violó la seguridad aérea soviética. Allí, ninguno escapó a la compra de los típicos “shapka-ushanka”, los gorros rusos con orejeras y así posaron para la foto obligada. Fue uno de los pocos momentos de relajación durante la semana, pues amén del “Desconfío”, un juego de dados que el preparador físico Alberto Osete se encargó de organizar, no hubo mucho más.

Kafelnikov no entrenó ese día y por la mañana le hicieron una resonancia magnética en su mano izquierda. Tarpischev -que estuvo en la Argentina en 1985 cuando como Unión Soviética condujo a su equipo a la victoria siendo, además, el presidente de la Federación Rusa de Tenis- hizo practicar intensamente a Youznhy con Andrei Stoliarov.

En el primer punto de la serie Juan Ignacio Chela (22º en el ranking de ATP) entró junto a Safin pasado el mediodía ruso, cuando en la Argentina eran las 6 del mismo viernes. Perdió por 6-7 (1), 7-5, 7-5 y 6-1 luego de tener varias ventajas. Como por ejemplo al sacar 4-3 y 40-15 en el tercer set, cuando dos reveses fueron malos y Safin de recuperó para cerrar con facilidad en el cuarto. A continuación, Gastón Gaudio (21º) cedió con Kafelnikov por 3-6, 7-5, 6-3, 2-6 y 8-6, después de estar 5-2 en el quinto y tener dos match points en 40-15 con su saque. Primero enganchó un revés y, en el segundo, el fallo del juez de línea dio como malo su drive paralelo, que dio toda la sensación de tocar el fleje. Con el festejo cortado, Gaudio debió continuar jugando, pues el umpire portugués Jorge Días aceptó la visión de su colaborador de campo.

A partir del 40-40 el argentino perdió 16 tantos consecutivos y Kafelnikov se colocó 6-5. Con su saque, Gaudio pudo ganar dos puntos, pero cedió otros dos cuando acusó calambres en sus piernas, que ya se habían insinuado en el inicio del tercer set, haciéndose más evidentes. Gaudio tiró la raqueta al piso con furia y allí se le tensó la pierna izquierda. Se acercó al banco y entró en acción el kinesiólogo argentino, quien le aplicó hielo y masajes para intentara continuar.
Volvió al ruedo e igualó en 6 -sin tie-break en el último set- y, a pesar del cansancio, el ruso fue quien más resistió y ganó por 8-6 luego de 4h08m.



Allí culminó el invicto de Gaudio en Copa Davis, aunque la marca seguía vigente como local. El Gato, al borde del llanto y la mirada hacia abajo, habló con los periodistas argentinos en el pasillo pegado a nuestra sala: “Para mí la pelota picó en el fleje de la paralela; es la sensación que tengo y por eso la fui a discutir con el umpire. Más claro no pudo ser”. Apenas contestó con monosílabos las tres o cuatro preguntas siguientes y se despidió diciendo: “Estoy tan mal como ustedes, ¿no? Estuve cerca de ganar y no sirvió para nada” y se fue junto al Dr. Javier Maquirriain hacia el hotel.

A las 14, hora de Moscú (las 7 en la Argentina), del sábado 21 de septiembre, Arnold Ker, de 27 años de edad, y Nalbandian, de 20 (que pisaba por primera vez una cancha en esta competencia), salieron al escenario para intentar proseguir en carrera. Nunca habían jugado juntos. El primer set se definió por 6-4 para la Argentina con el saque de Nalbandian en el décimo juego, quebrándole a Safin en el inicio. En el segundo set fue Kafelnikov el que perdió su servicio en la apertura y nuevamente Argentina ganó por 6-4. En el tercero se produjo un cambio posicional de los rusos: Safin pasó al lado de la ventaja. Con un quiebre sobre el servicio de Arnold Ker los locales ganaron por 7-5. Se complicaron las cosas en el cuarto, cuando Nalbandian cedió su saque en cero en el segundo juego y, para colmo, con una doble falta: 6-3 para Rusia.

El encuentro se perfilaba muy extenso, pues a esa altura ya habían transcurrido tres horas y cuarto. Game a game continuaron hasta el 6-5 para la pareja argentina. En ese instante un saque de Kafelnikov pareció malo (sacaba 15-30) pero el umpire lo convalidó como bueno. La tensión subía y bajaba por las escalinatas del estadio; se registraron algunas peleas entre hinchas argentinos y rusos pero sólo fueron focos aislados de discusión; el score sumaba más y más números y el saque de Safin se convirtió en un martirio, ganándolo en cero cuatro veces consecutivas. Los break points en contra de Arnold Ker y Nalbandian hicieron caminar por la cuerda floja a la pareja, pero los salvaban uno a uno.

Otro momento de presión fue en el 28º juego, cuando Kafelnikov sacó 15-30 y un juez de línea cantó mala su volea pero el umpire, el francés Pascal Maria, hizo un “overrule” quitándole la chance de match point a la Argentina. Nosotros, desde la ubicación que teníamos, con buena visibilidad desde un lateral, no dábamos crédito de lo que veíamos. Habían pasado ya 33 games y ninguno cedió hasta que le quebraron a Nalbandian y la guillotina comenzó a caer, pues el saque le pertenecía a Safin en el 17-16 local. Primer match point para Rusia que recuperó Arnold Ker con una volea cruzada. A nuestra izquierda, Boris Yeltsin, mimetizado como un aficionado más, saltaba, gritaba, agitaba sus brazos, apretaba los puños. Cerca, el presidente de la Federación Internacional, el italiano Francesco Ricci Bitti, no podía creer semejante entusiasmo del exmandatario ruso.

Segundo match point local y otra volea, de Nalbandian, que paralizó la respiración de la mayoría. Safin, bajo esa gran responsabilidad -aquella que le exigía siempre su público cuando jugaba en su tierra, como nos comentó días antes- vio pasar dos devoluciones seguidas, prodigiosas, desde cada lado donde sirvió: empate en 17. Le tocó servir a Arnold Ker, que no cambió nunca su raqueta, cuyo encordado resistió estoicamente, pero comenzó mal, con una doble falta. Mantuvo la calma y realizó su mejor producción a partir del servicio: no perdieron ningún punto más para colocarse 18-17.

Nuestros anotadores ya no tenían lugar libre; los casilleros que siempre dibujamos seguían en páginas y páginas con números y acotaciones interminables. El nuevo turno de Kafelnikov comenzó bien para él: 30-0. Hacíamos cuentas: si le pudieron quebrar a Safin, con espléndidas devoluciones, ¿por qué no al “Zar”? Imaginamos bien. El cordobés, del lado del drive, conectó una réplica deslumbrante de revés y Kafelnikov, con un error no forzado, dejó el marcador 30-30. Nalbandian generó el primer match point para la Argentina con otra devolución impecable pero el smash de Safin consiguió la igualdad. Los dígitos del reloj en el estadio se clavaron en 6h20m cuando una nueva devolución del jugador de Unquillo puso por segunda vez a la Argentina a punto de match y una inmediata volea baja de Kafelnikov se estrelló en la red. Nos abrazamos todos por ese 6-4, 6-4, 5-7, 3-6 y 19-17 que le permitió a nuestro país alargar la tensión hasta el domingo, pero más que nada por haber sido testigos de un espectáculo único, con el doble de mayor extensión en la historia de la Copa Davis desde la introducción del tie-break. Como premio extra, los argentinos cortaron una racha invicta de cuatro años de la pareja rusa.

En la conferencia post partido no asistió Safin y Tarpischev fue duro: “El no estuvo a la altura de la magnitud del partido, jugó muy relajado. De perder, era mejor hacerlo en tres sets, porque el cansancio de mis jugadores ahora es muy alto”. Recuerdo, también, que me senté un par de minutos al lado de David, que se quedó pensativo en un costado de la tarima de los camarógrafos, para felicitarlo y agradecerle un debut tan alucinante cuando ni siquiera imaginaba jugar: “No sabés lo que hiciste... Esto te puede abrir todas las puertas, fue perfecto”, le comenté convencido de estar frente a una potencial mega-estrella. “¿En serio? ¿Te parece que fue tanto? No me doy cuenta todavía”, contestó abriendo los ojos vidriosos mezclando esfuerzo y satisfacción.

Todos dejamos atrás una noche de sueños increíbles por la intensidad y adrenalina que ocasionó el doble. Volvimos al otro día esperando que la corriente ganadora continuara. El capitán argentino, Alejandro Gattiker, decidió, al promediar la práctica matutina, que entrara Nalbandian para jugar con Safin, al comprobar que Gaudio no tenía su pierna izquierda en condiciones, contracturada del partido anterior. Por el lado ruso se anunció también una variante: pasara lo que pasara, el quinto punto lo jugaría Youzhny. Pero era conveniente dar un paso a la vez. Nalbandian, que debutó en un partido apoteósico, ya tenía que cargar con un single muy comprometido. El finalista de Wimbledon esa misma temporada mostró su clase y su temple ante la presión, los aces del ruso y muchos fallos controvertidos que casi siempre quedaron para el local. Sólo bajó su nivel en el tercer set y comienzo del cuarto, perdiendo ocho games seguidos, aunque remontó y tuvo ventaja de 3-2 y su saque, quebrándole dos veces a Safin. No fue suficiente y el punto y el pase a la final mundial fue para Rusia por 7-6 (3), 6-7 (5), 6-0 y 6-3.

Ya con las ilusiones bien guardadas para otra oportunidad, Chela venció a Youzhny por 7-6 (5), 6-7 (3) y 6-4. En la conferencia de despedida Tarpischev presagió un futuro más que alentador para la Argentina: “Es sorprendente el nivel que tienen; les pusimos una superficie que creíamos muy complicada para ellos y casi nos ganan. Son muy duros y van a dar que hablar en los próximos años. Tienen muchas posibilidades de ganar la Copa Davis”. Pegamos la vuelta con dolor pero íntimamente satisfechos. El “Colorado” Gattiker cerró en Moscú su segundo ciclo como capitán y, a los 43 años, abandonó el cargo voluntariamente para convertirse en el coach de Mariano Zabaleta.

Cruzamos la calle con cuidado para sacarnos una última foto con la venerada plaza como fondo, sin cometer la “irreverencia” de una noche: a las dos y media de la mañana, volviendo de cenar con tres colegas, sin un alma a la vista -de día el tráfico es incontrolable y nadie respeta a nadie-, saltamos las cadenas que bordean al Kremlin para acortar camino hacia el hotel, que estaba enfrente. Resultado: tres miembros de la “militsiya” nos aguardaban del otro lado, escondidos detrás de los árboles. Las opciones eran: “Ir al calabozo” o “Colaborar con la causa”. Nos miramos con Juano, Salata y Capora y, sin ánimo alguno de conocer el “Skoda policial” por dentro y algo asustados, dejamos de lado los pruritos y pusimos las manos en el bolsillo mientras escuchábamos la prédica: “Estamos para cuidar sus vidas, por favor utilicen los túneles para cruzar la próxima vez”. No fuimos los únicos: los seis o siete periodistas que venían cuadras más atrás recibieron el mismo sermón...

Queda lejos Rusia. Como nunca echamos de menos desde la comida hasta las facilidades por las que despotricamos cuando las tenemos. Por suerte, los que jugaron y los que difundimos contamos con una carta salvadora: miles de almas se abrieron paso en línea recta cruzando el Atlántico, el Sahara, el Mediterráneo y el Mar Negro, “aterrizando” en la tierra de los zares para ser la gran columna que sostuvo a todos aquella semana, con un idioma que pudimos comprender. Como descargo, es justo reconocer que, en nuestro segundo desembarco en Moscú, cuatro años más tarde para la final mundial, el panorama resultó opuesto: el “No es posible” se transformó en un “Buscaremos la solución”, aunque no hizo falta nada de eso, pues las condiciones laborales fueron excelentes.

Grupo Mundial - Semifinales
Rusia a Argentina 3-2
Moscú, Rusia, carpeta indoor
20-22 de septiembre 2002

Marat Safin (RUS) a Juan Ignacio Chela 6-7 (1), 7-5, 7-5 y 6-1
Yevgeny Kafelnikov (RUS) a Gastón Gaudio 3-6, 7-5, 6-3, 2-6 y 8-6
Lucas Arnold Ker/David Nalbandian a Kafelnikov/Safin 6-4, 6-4, 5-7, 3-6 y 19-17
Safin a Nalbandian 7-6 (3), 6-7 (5), 6-0 y 6-3
Chela a Mikhail Youzhny (RUS) 7-6 (5), 6-7 (3) y 6-4


* Presente en la serie realizada en Moscú.

© Copyrigth Eduardo Puppo - Prohibida su reproducción
Fotos: Eduardo Puppo 2002





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