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Copa Davis/Argentina

• El seleccionado argentino en Moscú, con las réplicas de la Copa Davis: José Acasuso, David Nalbandian, Juan Ignacio Chela, Agustín Calleri y Alberto Mancini (capitán)


Final mundial Copa Davis Argentina vs. Rusia 2006
Derrota sin efecto colateral

El camino al aeropuerto Sheremetyevo pareció más largo en el regreso. Como si la distancia -a veces tan complicada de definir- no hubiera querido ser cómplice de las cientos de miradas tristes que iban abandonando los hoteles, haciendo más marcada la congoja. Con poca luz en el cielo -a las 4 de la tarde de Moscú suele no verse nada en diciembre- y comprando las últimas “matrioshkas” con forma de llavero para gastar los pocos rublos que sobrevivieron a la semana de Copa Davis, los argentinos que pudieron llegar hasta allí se unieron para pegar la vuelta.

Abordando los diferentes vuelos que, vía Milán, Roma o Frankfurt, los depositaría en sus hogares, cada cual se llevó toneladas de anécdotas para contarle a los que se quedaron en casa. Faltó una, es cierto, la que les permitiría portar en la frente un sello indeleble: “Yo vi ganar la Copa Davis”. ¿Decepción? En absoluto. Muchos, ataviados aún con la camisetas del “hincha argentino”, intentaron algún tímido cantito como para que los tenistas, en grupo y con sus raqueteros a cuestas antes de embarcar, se sintieran acompañados aunque no tuvieran ganas de reírse. Algunos compartieron las colas para el check-in como si fueran uno más de la delegación, sin animarse a pedir una foto o una firma a sus ocasionales y famosos acompañantes.



• El funcional estadio en Moscú, donde se disputó la final 2006.

Hicieron propia la mezcla, imposible de describir, de pena y orgullo, de desazón y alegría. Por allá estaban los padres de “Chucho” Acasuso, que junto a Daniel Orsanic trataban de disminuir los efectos residuales de la derrota. Lo mismo su hermano Juan, siempre correctísimo y superamable. También Chelita y su novia Verónica, de eterna sonrisa... Willy Cañas, vestido de negro, con una estampa de guerrero medieval y los condimentos del Siglo XXI... Algunos periodistas, por obra de la casualidad y las reservas de las agencias de turismo, pudimos registrar en nuestras retinas el otro lado de las luces y el éxito, cuando los que brillan en lo alto “bajan” al llano mostrándose permeables y humanos. Nada mejor para poder transmitir que estos chicos son tan normales y terrenales como cualquier otro en las horas que no los enfoca la mirada examinadora.

El grueso del equipo argentino -Acasuso, Calleri, Chela, Cañas, Mancini y el cuerpo técnico- partió en el vuelo de Alitalia AZ680. Transportaron cuatro de las cinco réplicas de la Copa Davis -la restante la llevó Nalbandian, que tenía asiento en Air France junto a su madre Alda-, cuidadosamente embaladas en cajas de madera color verde. La “mini copita” será un recuerdo insoslayable de sus pasos por esta competencia -también recibieron medallas-, que sin dudas ocupará un lugar especial en los livings de cada casa y la mecha que encenderá mil relatos a través de sus vidas hasta que envejezcan. Cañas, uno de los gestores indiscutidos de la movida que desembocó en la gran final mundial, lamentablemente no pudo quedarse con semejante presente: la Federación Internacional de Tenis solo tiene consideración por los que forman parte del conjunto que gana o pierde la final durante el año calendario. Por eso el ruso Igor Andreev -que no fue titular en Moscú pero jugó contra Holanda en primera rueda- obtuvo el pequeño y atrayente trofeo.



• "La conversación". Una charla en medio del entrenamiento entre David Nalbandian y Alberto Mancini fue blanco de sutilezas.

¡Cuántas historias se vivieron internamente en Rusia! Cada uno de los presentes con su ansiedad y preocupación por el resultado, por cómo sería la reacción si la última pelota caía favorable al sector argentino... La sensación de estar ante acontecimientos superiores es impagable. Cada minuto se aguarda “algo”, obviamente sin saber qué. Ya desde el primer día el ambiente fue especial y distinto al de otras series. La percepción previa, esa incertidumbre por averiguar cuál de los equipos respondería mejor entre viernes y domingo, nunca estuvo claramente marcada. Y por el lado albiceleste, la pregunta del millón: ¿Quién sería el segundo singlista? Fue la duda que le ganó por lejos a todas las demás dudas, aquellas que brotan naturalmente en cada primera vez. Porque todo el “team” argentino debutó en una instancia de clausura.



• Sorteo: el ruso Marat Safin y el argentino David Nalbandian se enfrentarían en el segundo turno del primer día.


Con el estadio pelado, sin la cartelería oficial y ni siquiera instalado el “ojo de halcón” (Hawk-Eye) que tuvo su bautismo de Copa Davis en esta final y sin límite de pedidos (Chela fue el primero en la historia en solicitar el desafío al fallo de los jueces: cuando perdía 3-1 y 0-30 con el servicio de Davydenko; el video demostró que su reclamo no era correcto), los entrenamientos fueron esclareciendo la mente del capitán, Alberto Mancini. Amén del promocionado y sobredimensionado intercambio de pareceres que “Luli” tuvo con Nalbandian, aceptable dentro del clima de alteración que la circunstancia imponía -dicho sea de paso, Safin también lanzó fuertes palabras contra su capitán Shamil Tarpischev-, el tiempo restante se descontó sin mayores sobresaltos.

Siempre el jugador más encumbrado, en todos los deportes, lleva un poco la voz cantante y el resto se mueve alrededor de su aureola. Pasó, pasa y pasará. En el caso de David, por más que se empecinó en decir que no era el líder, tal condición la llevó naturalmente desde que accedió a los primeros planos. Su calidad se desparramó cada vez que pisó la carpeta RuKortPro, la alfombra de goma pegada sobre un aglomerado de una pulgada de espesor; apretó el acelerador de sus golpes cuando lo necesitó en las prácticas y se desempeñó admirablemente en sus singles con Safin y Davydenko. Si bien éste era el de mejor ranking ese fin de semana (3º del mundo), Nalbandian (8º) lo superó ampliamente en categoría y presencia y quedó demostrado en los casilleros de los resultados.



• Pasacalles en Moscú con el anuncio de la final mundial de Copa Davis 2006.

Falló, es cierto, en el doble, pero aunque no valga la pena lamentarse ni buscar excusas, la formación Safin-Tursunov tenía ese día la fuerza para aplastar a quien se pusiera enfrente. Calleri y Nalbandian no entraron en juego nunca, cada game de devolución fue una pesadilla. No podían llegar siquiera a una igualdad. Y después, retener el servicio se convirtió en el otro problema sin solución por la precisión de los rusos, que no aflojaron jamás. Allí Safin se puso el traje de la regularidad -que muchas veces en su carrera no pudo controlar- y fue el mejor “partner” de Tursunov, inspirado en saques, voleas y smashes. Demasiado.

Afuera, en tanto, la temperatura se negó a bajar de un grado. Las previsiones de los que viajamos -botas, medias térmicas, calzoncillos largos, gorros, guantes, bufandas, camperas- sólo sirvieron para el exceso de equipaje. La artillería pesada fue quedando en los hoteles. Apenas un par de días el termómetro marcó cero, siempre con las calles mojadas por secuenciales lloviznas. El gris le ganó por lejos al brillo. La obligada visita a la Plaza Roja o entrar en la fortaleza del Kremlin agotó rápidamente el poco tiempo disponible para periodistas y jugadores. No importó, porque la misión, el verdadero y único objetivo que alentó a tanta gente a recorrer los casi 14.000 kilómetros entre la Argentina y Rusia, estaba encerrada en el gigantesco estadio: ordenado, coqueto y funcional, algunos lo confundieron con el utilizado para la Copa Davis 2002, que en realidad fue el Palacio Luzhnikí, eregido en 1956, más alejado del centro.



• La preocupación del capitán ruso, Shamil Tarpischev, cuando su jugador, Marat Safin, se encaminaba a una inapelable derrota contra David Nalbandian.


Adentro del predio, un corpulento fan ruso, con una camisa bordó que no se sacó en los tres días, nunca paró de gritar “Davai Marat” (por Safin) y “Davai Kolya” (por Davydenko), el “vamos” local para los dos ídolos. Cada vez que la pelota no estaba en juego, él aturdía con su vozarrón. Hasta sus compatriotas espectadores lo insultaban, pero indudablemente tenía el visto bueno de los dirigentes y, parece, la anuencia de los gobernantes porque ante los pedidos de freno, los de seguridad contestaron: “No podemos hacer nada”. Ni siquiera Boris Yeltsin, allá a lo lejos, en la otra cabecera, acusó recibo de semejante molestia. Los más de 400 hinchas argentinos, con un tesón asombroso, tampoco lograron desmoralizarlo. Insoportable.

Los jugadores se alojaron en el Marriott Royal Aurora, cerca de la zona turística más visitada. Los autos oficiales KIA unieron sin solución de continuidad el trayecto hotel-estadio-hotel llevando la preciada carga que protagonizaría la definición más atractiva del tenis a nivel “camiseta” desde hacía 126 años. No le preguntamos a los jugadores si tuvieron tiempo para tomarse el subte y experimentar un viaje tan estresante como maravilloso. ¿Se lo habrán perdido? Las estaciones, en algunos casos, representan obras arquitectónicas alucinantes y, en otros, austeras y lúgubres paradas. Para llegar a los vagones hay que bajar por escaleras mecánicas que oscilan entre los 50 y 200 metros de profundidad. Una vez que la corriente de gente, especialmente en horas pico, nos lleva casi en andas hasta la conexión, los trenes están siempre listos: pasan cada minuto y medio y cierran sus puertas esté quien esté. Lo mismo con los molinetes, que si no se cruzan en tiempo y forma, se cierran velozmente con dos brazos de hierro que dejarán cada día más de una rodilla maltrecha a los lentos o no avisados del sistema.



• David Nalbandian después de ganarle en tres sets a Marat Safin.


Las estaciones de elite -que jamás sabremos sus nombres por estar escritas en alfabeto cirílico, aunque estudiándolo un poco es posible descifrar lo básico- están ornamentadas con grandes arañas y paredes de mármol con hermosos ribeteados y pinturas de muy buen gusto. Por allí pasan, diariamente, casi 10 millones de personas... Es más: los subterráneos forman parte de los paseos turísticos, algo que descarta cualquier otro comentario, como la estación Arbatskaya, que fue construida como refugio antinuclear.

La catedral ortodoxa de la Virgen de la Intercesión, conocida popularmente como San Basilio y quizás el ícono más famoso que identifica a ese país, permanece firme desde mediados del siglo XVI en una punta de la plaza empedrada. Es simplemente hermosa y responde al nombre del lugar: “rojo”, que en el antiguo ruso significa “lindo”.



• En la final 2006 se utilizó por primera vez el Ojo de Halcón para los piques. El primer en solicitarlo fue el argentino Juan Ignacio Chela cuando el ruso Nikolay Davydenko le ganaba el primer set por 3-1 y 30-0.

Hacia allí fue parte del equipo el miércoles previo para sacarse la foto convenida con los diarios argentinos. Pero algún problema de coordinación dejó a la mitad de sus componentes a un costado del Mausoleo de Lenin (Calleri, Cañas y Mancini) y a la otra camino a la Embajada Argentina (Nalbandian, Chela y Acasuso), donde el embajador, Leopoldo Bravo, les brindaría una recepción. Fue una lástima, porque la postal con semejante telón de fondo tal vez no se repita. Finalmente, la producción se hizo en la casa del embajador, pero con cierto malestar por parte de los tenistas.

De vuelta a la recorrida turística, en la entrada de la gran plaza, por donde antiguamente pasaban los conquistadores, asoma un círculo en el piso donde todos tiran monedas pidiendo deseos mientras un par de señoras con pañuelo en la cabeza hacen malabarismos para llevárselas. Es el centro de Moscú y motivo de miles y miles de retratos. Cerca de allí, el sábado previo a los partidos se casó Nikolay Davydenko. Irina, su flamante esposa, lo acompañó todos los días observando los entrenamientos y soportando a veces el asedio de periodistas locales más relacionados con la farándula que con el tenis. No le importó. Festejó el domingo como una más y se unió a la hermana de Safin -Dinara Safina- que con un deslumbrante atuendo semi transparente no mermó de gritar y agitar la bandera de su país.



• La ceremonia inaugural: la Copa Davis, testigo del abrazo del equipo argentino.


Ella no tiene el estereotipo de la actual mujer rusa, tan parecidas, que siguen el “modelo Sharapova” sin producirse: nacieron así, perfectas y llamativas. Por eso es reconfortante caminar y caminar, porque en cada esquina uno se choca con los “dobles” de la tenista, pero con libros bajo el brazo o bolsas con las compras. Y entre calle y calle, cruzarlas puede ser la gran odisea. Tuvimos una muy mala experiencia en 2002, donde fuimos multados, y por eso nos convertimos en “guías de alerta” para el resto de los periodistas que no se imaginaban ir hasta la otra esquina para avanzar: es obligación utilizar los túneles, a veces interminables, que se bifurcan para diferentes sectores.

Allí asoma parte de la Rusia difícil, con los típicos homeless a los costados y, otra vez, vendedores ambulantes con oferta de lo inimaginable al mando de estoicos personajes prestos al regateo: lo que ofrecen a 1000 rublos, sin dudas nos costará 500 o 400 según la habilidad en el lenguaje de gestos y números tipeados en máquinas de calcular como mejor e infalible traductor. En la superficie, el tráfico es de película. Desde la Perestroika la apertura fue muy grande y el acceso al consumo no se asimiló con rapidez. Manejan mal y se arriesgan cada segundo: el que no mete la trompa del auto, se queda rezagado. Los viejos Skoda dieron paso a un mercado automotor de primera línea, pero alejados de las leyes lógicas: si lo comparamos con Buenos Aires, nuestra ciudad es un parque infantil. Ejemplo: el día de la cena oficial para la prensa el viaje desde el estadio demandó 1h45m. A la vuelta, tarde, el mismo trayecto duró ocho minutos...



• El dominio ruso en el partido de dobles: Safin y Dmitry Tursunov vencieron en sets seguidos a Nalbandian y Calleri.


En esa velada el auspiciante principal del torneo, BNP Paribas, no escatimó atenciones. Organizó una comida alucinante para los acreditados de prensa en el restaurante “Vanilla”, uno de los lugares más exclusivos, donde tuvieron la delicadeza de llevar nada menos que la mismísima Copa Davis, colocada a la vista de todos, frente a las mesas. Antes, en la Catedral San Salvador, un coro cantó varias canciones dentro de una escenografía conmovedora. También dispusieron micros para trasladar a los periodistas desde los hoteles al estadio y pusieron a disposición dos tours, uno a la Plaza Roja y otro al Bunker de Stalin, construido antes de la Segunda Guerra Mundial. Muchos dicen que entender a los rusos sólo es posible conociendo profundamente su historia. No hay duda de la cultura que poseen, con un altísimo porcentaje de gente con estudios universitarios completos.



• Cuando el equipo argentino mantenía la esperanza de dar vuelta la final: Nalbandian y Davydenko a punto de comenzar el cuarto punto. El cordobés ganó en cuatro sets y dejó abierta la gran posibilidad.

Muchas cosas se modificaron desde los tiempos de Pedro el Grande, líder de la primera revolución y quien generó la mutación hacia un sistema intelectual y cosmopolita. Nosotros, sinceramente, quedamos asombrados del avance insostenible que vienen desarrollando. Las seis horas adelantadas en Moscú hizo que, como en todo vasto trayecto, las destinadas al descanso tardaran en acomodarse. A la ida y a la vuelta. ¿Un paliativo?: descubrir que con los puntos que consiguió la Argentina por su actuación en 2006 pasó a ser el segundo país en el ranking de la Copa Davis luego de Rusia y delante de Croacia, España, Australia y los Estados Unidos. ¿Es poco? Tal vez, considerando que la gran ilusión quedó partida en dos, aunque definitivamente lejos del fracaso.

Dejamos Rusia, pronta a celebrar el Año Nuevo y luego la Navidad del 7 de enero, ya sin las trabas del período soviético que lo impedía. Pero el regalo, el gran regalo, los amantes rusos del deporte lo recibieron anticipadamente, el domingo 3 de diciembre.

Grupo Mundial - Final
Rusia a Argentina 3-2
Estadio Olímpico, Moscú, Rusia, carpeta indoor
1-3 de diciembre 2006

Nikolay Davydenko (RUS) a Juan Ignacio Chela 6-1, 6-2, 5-7 y 6-4
David Nalbandian a Marat Safin (RUS) 6-4, 6-4 y 6-4
Safin/Dmitry Tursunov (RUS) a Nablandian/Agustín Calleri 6-2, 6-3 y 6-4
Nalbandian a Davydenko 6-2, 6-2, 4-6 y 6-4
Safin a José Acasuso 6-3, 3-6, 6-3 y 7-6 (5)

* Presente en la final mundial disputada en Moscú.

© Copyrigth Eduardo Puppo - Prohibida su reproducción
Foto: Sergio Llamera/slphotosports.com





Cañas, su regreso al circuito y a la Copa Davis
“Willy, vos sos parte de esto”

No sé cuántos advirtieron la mirada de Willy durante el sorteo en la final de Copa Davis 2006 en Moscú. Y no sé, tampoco, por qué se me ocurrió observarlo, a un metro y medio, sin que se percatara, en ese preciso instante. Mientras tanto, presentaban a los protagonistas, que se paraban levantando la mano y recibían aplausos de los 150 privilegiados que estábamos allí. A otro metro y pico, también, teníamos la imponente copa de plata. Media hora antes, cuando la gente no había ocupado la sala, Cañas entró y ojeó cada rincón de la Davis; buscó el grabado donde aparece la final 1981 con los apellidos de Vilas, Clerc, Cano y Bengoechea y se sacó un par de fotos junto al mítico trofeo.

Horas después, en esas placas aparecían cuatro nombres más: Nalbandian, Acasuso, Calleri y Chela. Un testimonio inalterable de dos momentos únicos en la historia del deporte argentino (sumándose luego las finales 2008 y 2011). Pero Willy también estuvo en ese lugar, muy cerca pero demasiado lejos como para que aquella historia lo registre, lo reconozca como parte inexorable de su gestación. El ruso Igor Andreev tuvo su premio: una medalla y una réplica, hermosa, de la Copa Davis. No fue titular en la final pero, por reglamento, gracias a participar al menos en una serie dentro del año, la Federación Internacional de Tenis le concedió tal honor. Fue el “quinto” jugador en Rusia, igual que Cañas, pero Willy no pudo aportar nada en la previa: Suecia, Croacia y Australia fueron imágenes que vio por televisión, cuando le preocupaba más una lesión y su regreso, que recién concretó el 11 de septiembre de 2005. Entonces sí, el vía libre le abrió los ojos y el corazón; le agregó, por si hacía falta, energía y alegría, trabajo y objetivos claros a sus atributos.

¿Quién dudaba que recuperaría lo transpirado fuera de las canchas? La vida lo puso frente a frente con los mejores del planeta en un “revival” conmovedor. Y, sin fastidios, sin reproches y sin ánimo de revancha... les ganó, transformando 2007 en un año de película para él. Por eso recuerdo aquel jueves 30 de noviembre de 2006, cuando después de la ceremonia y de percibir de alguna manera su oculta tristeza sentado “del otro lado” de sus compañeros, puse mi mano sobre su hombro y le dije por lo bajo pero firme: “Vos sos parte de esto”. Me contestó con apenas dos palabras: “Lo sé”. En ese instante me di cuenta de que Willy volvería de cualquier manera.

© Copyrigth Eduardo Puppo - Prohibida su reproducción
Fotos: Sergio Llamera/slphotosports.com / Eduardo Puppo 2006





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