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Cuentos


El tenis para leer y reflexionar
El muro
Por Jorge Campos *

La energía que Mateo desplegaba se estaba convirtiendo en un problema. Sus escasos cinco años desbordaban los 90 metros de nuestro nuevo departamento en el barrio de Villa de los Olmos.
Cuando decidimos con mi marido dejar la casa de mis padres en la que habitamos toda nuestra vida de casados, no evaluamos en profundidad los efectos que tendría sobre nuestro pequeño hijo abandonar un gran parque, una casa enorme, un perro, y una abuela que le dedicaba buena parte de su día a jugar con él como si fuera un juguete a su disposición.
Yo estuve de acuerdo porque comprendía la necesidad de Marcelo de tener su propio hogar, y si bien todos nos llevábamos civilizadamente, él sentía cierta incomodidad que yo nunca pude ni supe eliminar.
Con la ayuda de nuestros padres, estrenamos hogar y barrio.
Yo también extrañaba, pero mi preocupación principal era Mateo, que parecía chocar en sus juegos con unas paredes que de acuerdo a su corta memoria, no debían estar allí.
Una tarde de primavera en que volví temprano del trabajo, llevé a Mateo a dar un paseo por el barrio. Los días se hacían más largos y faltaba bastante para anochecer.
Mateo correteaba delante mío feliz de recuperar un techo infinito y azul, y mientras lo miraba, iba reflexionando acerca de lo correcta o equivocada de nuestra decisión.
Sumida en mis pensamientos me alejé varias cuadras de casa, y de pronto advertí que caminaba por una calle muy ancha y bellamente arbolada, poblada de chalets, armónicos y espaciosos.
A 300 metros la calle se cortaba, hasta desembocar al fondo en las puertas vecinas de dos clubes.
Cada una tenía una casilla de seguridad y admisión, y una barrera que se levantaba para dejar entrar los coches.
Mateo se paró frente a las puertas, y pude entonces leer los curiosos nombres de aquellas instituciones: el de la derecha, decía “Club de tenis Los Olmos”, y a su izquierda, pintado sobre una placa de cerámica, se leía: “Villa de tenis club”. Me extrañó que existieran dos clubes de tenis contiguos, pero no tuve tiempo de pensar en aquella curiosidad pues mi mente había sido ocupada por una idea que comenzó a entusiasmarme.
Yo nunca fui socia de un club, y recordaba que durante mi niñez, los lunes en el colegio solía escuchar con cierta envidia a mis amigas contar divertidas anécdotas vividas durante los fines de semana en los clubes, mientras las mías consistían solo en aburridas reuniones familiares.
Pensé entonces que un club podía ser una buena alternativa para ofrecerle a Mateo el espacio que su pequeño cuerpo pedía a gritos.
Durante la cena le conté a Marcelo del paseo y el encuentro, y también de lo que estaba alimentando mi cabeza.
Al principio Marcelo, sorprendido, enumeró uno por uno todos los aspectos negativos de mi incipiente propuesta: “seguramente debía ser muy caro”, “que no era fácil la vinculación social en grupos que suelen ser cerrados”, “que nunca habíamos jugado tenis”, y otras tan atendibles como superables.
Yo lo conocía muy bien. Siempre comenzaba sus análisis por las dificultades, y con el correr de los minutos iba moderando sus negativas y demostraba el interés. Solo utilizando esa mecánica se sentía seguro.
Finalizó diciendo que no perdíamos nada con averiguar cuanto costaba, y los requisitos que solicitaban.
Al día siguiente regresé al lugar dispuesta a recoger toda la información que Marcelo - muy prolijo y en forma de preguntas -, había anotado en un papel.
Cuando me encontré frente a las dos entradas resolví que debía visitar los dos clubes y luego comparar mis impresiones, y desde luego, los costos.
¿Cuál visitaría primero? La duda desapareció al ver entrar a Los Olmos, a una mujer acompañada por dos chicos que debían tener aproximadamente la edad de Mateo.
Ya en su acceso, manifesté mis intenciones al portero. Este regresó a la casilla, y luego de hablar por un teléfono interno, me pidió que esperara la llegada de un directivo que vendría a atenderme en unos minutos.
Mientras aguardaba, observé todo lo que mi vista me permitía alcanzar. La sede social consistía en un edificio antiguo de estilo inglés, bien conservado, y rodeado por canteros colmados de plantas y flores. En todo el lateral izquierdo se veían variadas especies de árboles adultos que formaban una línea divisoria alta y elegante en uno de los límites del club.
Me alegré de recuperar en plenitud esas imágenes que últimamente había comenzado a perder entre las paredes de mi departamento, y validé la certeza de estar en camino de la decisión adecuada.
Pasado un corto tiempo se acercó un hombre de unos 70 años que luego de intercambiar unas palabras con el portero y que éste me señalara, se presentó: “Buenos tardes, señora, mi nombre es Aurelio Villalobos, y soy el presidente del club. ¿Usted conoce las instalaciones?”, me preguntó. Y ante mi negativa, me invitó a recorrerlas asistiendo él de anfitrión.
Primero fuimos hacía las canchas de tenis. Todas se encontraban rodeadas de ligustros obsesivamente cortados en forma pareja, y mientras caminábamos, él explicaba una serie de bondades técnicas que poseían estas, como el drenaje, el riego, y otras, que mi nulo conocimiento no me permitía entender.
Tuve que decirle que no pertenecía al mundo del tenis, para que no siguiera perdiendo su tiempo agregando información que yo no estaba en condiciones de apreciar.
Me pidió perdón, algo avergonzado por no haberme preguntado antes un dato tan elemental y dejarse llevar por su entusiasmo.
Entonces paramos, y quiso conocer mis intenciones. Yo le conté de Mateo y de mis ansias por proporcionarle un lugar verde y a cielo abierto donde pudiera canalizar su energía, y amplié también la necesidad mía y de Marcelo de practicar algún deporte.
Continuamos nuestra recorrida y pasamos frente al sector de los juegos para niños; la pileta, que contaba con un excelente solarium; una pequeña cancha de fútbol que también servía para jugar al vóleibol; y un pequeño pero hermoso jardín tan cuidado como el resto del club.
Un atardecer brillante y espléndido nos acompañaba, provocando que sintiera un dulce bienestar en aquel lugar, mientras el señor Villalobos continuaba interiorizándome de las actividades programadas para los chicos, el ambiente familiar y armónico que se vivía en el club, y las hazañas tenísticas de su historia, entre las que se encontraban un par de jugadores surgidos de la escuela de tenis que habían competido internacionalmente hacía unos años y que, por supuesto, yo no conocía, aunque mentí diciendo que me parecía haber oído hablar de ellos.
Villalobos no escondía un evidente orgullo por todo lo que me decía y mostraba, y pensé que seguramente él debía haber contribuido a construir todo aquello.
De repente observé algo que contrastaba de una manera siniestra con toda aquella belleza. Semioculta por la línea de árboles enfilados que había visto mientras esperaba en la portería, un muro se levantaba abarcando toda la medianera entre los dos clubes, y sobre este, en toda su extensión, se apoyaba una alambrada de púas de un metro de alto. Mi inmediato comentario acerca de la presencia del amenazante alambrado, fue respondido por Villalobos con un “Ah, ¿Eso?, es por seguridad” y luego calló.
Tardé unos instantes en darme cuenta el por qué la respuesta no me satisfacía. En los demás límites del club, que daban sobre las calles y ofrecían mayor vulnerabilidad, solo se advertía una división de alambre tejido que las enredaderas, por acción del tiempo y la naturaleza, habían cubierto de verde, pero no se veían rastros del disuador alambre de púas. Pero no hice ningún mención acerca de mi descubrimiento.
Por fin, llegamos a la sede y terminamos nuestro trayecto en la administración, luego de pasar por el salón comedor; un enorme espacio dedicado a los menores que contaba con mesas de ping pong y metegoles; la biblioteca; y por último la sala de juegos en que se veían varias mesas hexagonales forradas de tapetes verdes.
Me hizo pasar a un escritorio privado, y luego de invitarme a sentar comenzó a enumerarme los requisitos que solicitaban a los ingresantes: dos socios que nos presentaran, y en este punto, ni siquiera esperó a que le dijera que no conocíamos a ninguno, pues, ante mi sorpresa, se ofreció a firmar nuestra solicitud y comprometerse a conseguir otro socio que también la firmara. “De nada valdrían todos mis años si no supiera reconocer a una persona de bien en cuanto la veo”, agregó, halagador y exhibiendo una sonrisa cómplice.
Le agradecí su gesto realmente conmovida, pero le recordé que todavía no me había dicho cuánto debíamos pagar, y que por más que todo lo que había visto y oído me entusiasmaba, ese no era ni de lejos un detalle menor.
Mencionó entonces la cifra de la cuota de ingreso, que si bien no era muy cara, distaba de ser un monto irrisorio para nuestros alicaídos ahorros.
Al notar mi cara de preocupación, insistió en que la podríamos completar de la manera en que nos resultara más cómoda.
Percibí un interés genuino en Villalobos no solo por facilitarnos la afiliación, sino también por contarnos entre los socios del club.
Tomé el sobre que me extendía donde se encontraba la solicitud de ingreso y un folleto que describía todos los servicios y las actividades del club, y me paré para despedirme, asegurándole que lo iba a analizar con mi esposo, mientras echaba un vistazo a mi reloj confiando en tener tiempo todavía para visitar el otro club y completar la información para compartirla a la noche con Marcelo.
Él también se paró, y extendiéndome su mano volvió a decirme, sincero, que se alegraría si tomáramos una decisión favorable.
Cuando estábamos ya en la puerta, sin poder contener su ansiedad, se animó a hacerme una pregunta: “Perdóneme señora por entrometerme en algo que no me incumbe, pero... ¿Usted piensa averiguar también en el club vecino?”.
La pregunta me sorprendió, y sin tener razón para ello, no pude evitar sentirme algo deshonesta.
Era como si me hubieran descubierto haciendo una travesura y me costó responderle que efectivamente pensaba hacerlo.
Noté su decepción, o quizá fuera solo alarma.
Entonces, casi como suplicando me dijo “¿Tiene usted tiempo ahora para escuchar una historia?”.
Volví a mirar mi reloj en un gesto instintivo sin saber que hacer, y él, intuyendo mi vacilación, rápido, agregó:
“Por favor. Seré breve. Está relacionado con el muro y la alambrada de púas que usted advirtió”.
La situación era realmente extraña, y la curiosidad ya había ganado mi voluntad. Accedí y volvimos a sentarnos.
Entonces, Aurelio Villalobos comenzó a relatarme una increíble e insospechada historia que jamás hubiera imaginado escuchar en esa mi primera visita.
“Este club se fundó hace 67 años, cuando en este lugar no había más que unas pocas casas y algunos talleres. Mi padre, Jacinto Villalobos, y su socio, Vicente Olmedo, habían compartido desde niños su afición por el tenis en el precursor y ya desaparecido “Spencer & Davies Racquet and Tennis Club”, una antigua tienda por departamentos que era famosa a principios de siglo, y en donde sus dos padres trabajaban.
Por aquellos tiempos no era común ver a los jóvenes practicar un deporte poco difundido y confinado a unos pocos clubes, pero ambos se destacaron en esos incipientes años en donde el tenis consiguió arraigarse.
Su amistad se forjó entre raquetas de madera y esas tres pelotitas blancas que los unían en su pasión.
Pienso que no fue casualidad que estudiaran una misma carrera, y luego de graduados de ingenieros, se asociaran en un proyecto metalúrgico que los trajo a estos barrios.
Buscaban un galpón en donde instalar su esperanzada empresa y lo encontraron cerca de aquí, en un lugar que hoy ocupa un moderno supermercado.
Pero, bueno, me estoy apartando del tema, y le aseguré que sería breve”.
Calló por un instante, posiblemente buscando ordenar y sintetizar los hechos de su relato, rescatando los esenciales y descartando los anecdóticos.
Si bien hasta ese momento no intuía en absoluto hacía donde se dirigía, lo escuchaba seducida por el tono en que narraba la historia, cercano a una confesión.
Continuó…
“El emprendimiento constituyó todo un éxito y en unos años empleaban a cientos de trabajadores, se habían ampliado varias veces, y lograron atesorar fortunas considerables.
Ambos formaron familias sólidas y numerosas. La vida fue bondadosa con ellos, y solo les faltaba para completar todos sus anhelos, cumplir con un viejo sueño que compartían: fundar un club de tenis para difundir el deporte que tanto amaban.
Sus relaciones sociales y políticas se habían incrementado a la par de sus negocios, y consideraron que el momento de realizar su sueño había llegado.
Comenzaron a gestionar ante la Municipalidad la cesión de un predio con fines deportivos, y encontraron rápido eco en un Intendente ansioso de otorgar concesiones a cambio de otros “favores”.
Poco tiempo después, este lugar fue concesionado por 99 años a la Asociación Civil Villa de los Olmos Tenis Club, debidamente inscripta en el Registro de Entidades Deportivas.
El señor Intendente, y algunos de sus principales funcionarios, fueron declarados socios honorarios de la naciente Institución, y mi padre y su socio invirtieron el dinero que hacía falta para construir la sede social y el resto de la infraestructura deportiva.
Por un convenio entre ellos, el estatuto preveía dos años de mandato en forma alternada a cada una de las familias hasta que el club retornara a los inversores originales los fondos insumidos, en cuyo caso se realizarían elecciones libres entre los asociados.
Mi padre fue el primer presidente.
La zona crecía con rapidez y se asentaba una surgente clase media con ambiciones sociales y deportivas. Antes que se inaugurara el club, cuyas obras demandaron dos años y medio, ya se habían aceptado las solicitudes de ingreso de 46 familias que representaban 204 socios, y rechazado un número importante de frustrados ingresantes que no contaban con los estrictos requerimientos que se instauraran para preservar los valores y el espíritu de la novel Institución.
A la inauguración asistieron el Gobernador y decenas de personajes influyentes de la época, además de los presidentes de los clubes de tenis y las autoridades de la Federación.
Por fin el sueño de esos dos visionarios se había convertido en una realidad palpable.
Las actividades comenzaron con cierta demora pues la mayoría de los asociados nunca habían jugado al tenis. Los que más se destacaban eran aquellos que habían jugado a la paleta y traían alguna noción de cómo pegar con un instrumento a una pelotita pequeña y esquiva.
Se necesitaban profesores pero estos no abundaban, y se llegó a contratar a cualquier improvisado, que en breve lapso daban muestras de su incapacidad y se los despedía. Los fundadores se ofrecieron dos horas por fin de semana para enseñar los rudimentos del deporte, hasta que un día, cansados de la falta de progresos, contrataron en Inglaterra un profesor al que le ofrecieron vivienda y un sueldo muy atractivo.
Pasado un corto período se ofreció otro inglés que vivía en el país desde hacía 10 años, y que contaba con mucha experiencia y quería cambiar los aires de los clubes en que enseñaba.
Ese fue el espaldarazo final. Poco tiempo después nuestros jóvenes tenistas competían en los torneos de la Federación, y aunque con magros resultados, ya éramos una realidad en el concierto de ese deporte.
Aquellos primeros años fueron maravillosos. El club crecía sin pausa y permanentemente se realizaban nuevas obras para brindar mayores comodidades a los socios.
El evento deportivo más importante del club lo constituía el torneo interno para damas y caballeros, que se efectuaba una vez al año y concitaba la expectativa de toda la masa societaria.
Mi padre y Vicente Olmedo tenían muy en claro la manera de fomentar la sana rivalidad y crearon una fuerte mística en torno a dicha competencia.
Los trofeos en juego no envidiaban a los provistos en los campeonatos nacionales, y se entregaban en una fastuosa fiesta de fin de año, con la seriedad y pompa de un torneo de Gran Slam.
También mandaron a confeccionar dos grandes tableros de madera que adornaban una de las paredes del comedor, en donde se grababa el año y el nombre de los ganadores.
Desde pequeños soñábamos con ver nuestros nombres inscriptos en aquella exclusiva lista que trascendería a los tiempos.
Durante los primeros 14 años de existencia del torneo interno, sólo dos jugadores aportaron sus nombres. Vicente Olmedo lo ganó en siete oportunidades, y Jacinto Villalobos, mi padre, se impuso en los siete restantes.
Pese a que ya estaban cerca de los 50 años, su depurada técnica y su amplia experiencia habían constituido hasta entonces una barrera infranqueable para aquellos que se ilusionaban con destronarlos.
Cuando cumplí 18 años -la edad mínima permitida para jugar el torneo con los mayores-, me anoté, liberando la ansiedad contenida por tantos años de espera.
Lo mismo hizo Gregorio Olmedo, el tercer hijo de Vicente y su primer hijo varón, que tenía mi misma edad.
Ambos habíamos compartido desde infantiles los torneos de las categorías menores, como hicieran nuestros padres años atrás, y además de ser buenos amigos, nuestros numerosos enfrentamientos arrojaban una marcada paridad.
Aquel decimoquinto torneo interno tuvo un record de inscriptos: 114 jugadores pugnarían por lograr algo más que el simple triunfo en un torneo.
Gregorio y yo, ganamos fácilmente nuestros primeros partidos. Nuestro fogueo en las competencias de menores era demasiado para nuestros ocasionales rivales que en su mayoría eran sólo buenos jugadores de fines de semana.
Los caprichos del cuadro y del destino nos enfrentaron en semifinales con nuestros padres en forma cruzada. Yo debía jugar con Vicente Olmedo, y Gregorio con mi padre.
Durante la semana previa a los enfrentamientos, en mi casa no se hablaba de otra cosa que no fuera los partidos por jugarse, e imagino que en casa de los Olmedo debía suceder lo propio.
Mi padre me ofrecía consejos de cómo jugarle a su socio Vicente, a quien conocía mejor que a él mismo, y me pedía a su vez la manera de enfrentar a Gregorio con el que yo había jugado tantas veces.
Mi madre, lejos de su costumbre, estuvo esa semana silenciosa y preocupada. En su intimidad abrigaba el temor a los triunfos de su esposo y de su hijo, que los enfrentaría en una final en donde no podría tomar partido por uno o por otro.
Ella sabía que yo tenía un respeto reverencial por mi padre, y no acertaba a dilucidar las consecuencias de un partido entre nosotros.
Pero para alivio de mi madre, eso no sucedió.
Las leyes inexorables del paso del tiempo hicieron que los jóvenes nos impusiéramos sobre los mayores, y tanto Gregorio como yo, al ganar nuestros partidos en aquel recordado sábado de Noviembre, sin ninguna intención, cerramos el reinado tenístico de nuestros padres.
Ellos asumieron sus derrotas con resignación, y debe haber contribuido a mitigar el dolor del ocaso, ver a sus dos hijos prolongar el dominio ejercido por ellos durante tantos años.
Por primera vez, el club decidió alquilar unas pequeñas gradas para disponer durante la final.
Más de trescientos socios presenciarían el partido programado para la tarde del sábado siguiente, y había que asegurar una mínima comodidad a los espectadores.
Ese día, antes de entrar a la cancha, yo no podía controlar el temblor de mis piernas.
Mi padre se acercó, me tomó del brazo y me dijo aquellas palabras que nunca olvidaré: “Hijo, ahora el orgullo deportivo de la familia está en tus manos, no nos falles. Buena suerte”.
La responsabilidad que mi padre me delegara acrecentó mi estado nervioso.
Perdí el primer set, pero luego logré tranquilizarme y me adjudiqué el segundo.
El último set fue luchado punto a punto y game a game. Estábamos ocho iguales y la tensión en la cancha y fuera de ella alcanzaba el grado máximo de lo soportable.
Los nervios habían regresado, y mi concentración, al borde del naufragio, era permanentemente amenazada por fugaces imágenes de todo tipo, tan breves, que me hubiera sido imposible describir alguna si alguien me lo hubiera pedido.
Me sentía como flotando en un estado de irrealidad.
Gregorio, si nos atenemos a los errores que cometía, también debía encontrarse en un trance similar.
Y en el punto siguiente, sucedió. Gregorio pegó un revés paralelo, y yo de inmediato lo canté afuera. Escuché los gritos de protesta y me mantuve en mi posición. Mi padre, y Vicente, entraron a la cancha a verificar el pique, y Gregorio también se aproximó.
A esa altura del partido, luego de más de dos horas de juego, el polvo de ladrillo se encontraba muy movido. En el lugar había dos piques. Uno sobre el fleje, y otro a su lado un centímetro afuera. Uno de los dos era anterior. Yo y mi padre insistíamos en decir que era mala y los Olmedo que había sido buena. Otros espectadores, con ínfulas de jueces, ingresaron en la cancha y gritaban sus pareceres como si fueran veredictos.
La razón se esfumó y dejó paso a las emociones más primitivas. Vicente Olmedo en su furor, me acusó de mentiroso, y mi padre, presa de la misma irracionalidad, le gritó que nadie le decía mentiroso a su hijo y que en todo caso, el que mentía era Gregorio.
No había forma de calmar esos ánimos desmadrados, ni muchos lo intentaban. Más bien tomaban partido por unos u otros, alimentando aun más la hoguera del infierno en que se había convertido aquella cancha.
Se dispararon agravios de tal magnitud y virulencia, que el tenor presagiaba cristalizar la situación en un camino sin retorno.
Nunca pude recordar el momento en que nos fuimos. La siguiente escena me encontró en mi casa sintiendo una angustia incontrolable que me obligaba a llorar sin parar, y escuchaba a mi padre insultar a los Olmedo, desencajado, como nunca lo hube visto, sin que mi madre pese a sus esfuerzos pudiera calmarlo y regresarlo a la tranquilidad de la razón.
Las heridas que produjo en ambas familias ese desafortunado día no solo no cerraron, sino que se hicieron más profundas, y la sangre siguió manando sin agotarse.
Cuatro décadas de ejemplar y sincera amistad se pulverizaron por efecto del simple pique de una pelota de tenis.
Por más voluntad y enjundia que pusieran varios amigos comunes en intentar el acercamiento de los enemistados, nada lograron.
Por varias semanas ningún miembro de la familia se acercó al club por mandato paterno. Tampoco lo hicieron los Olmedo.
Dividieron una de las empresas y malvendieron otras. Y en corto tiempo, lo único en común era el causante del infortunio: el club de tenis Villa de los Olmos.
Mi padre, utilizando los desinteresados servicios del ex-intendente al que nombraron presidente interino del club y vocero de las partes, le hizo llegar una oferta a Vicente Olmedo por el monto de la inversión realizada, con la única condición de obtener previamente las cartas de renuncia de toda la familia y sus parientes.
Vicente retrucó proponiendo la misma oferta a los Villalobos.
La negociación era imposible. Ninguna de las dos familias estaba dispuesta a ceder el club, y volver a compartirlo era algo más que una utopía.
Fulvio Zegarra, el ex-intendente, en la única idea sensata y elogiosa que tuvo en toda su vida política, propuso la división, y se ofreció para tramitar ante la Municipalidad la engorrosa fragmentación.
Luego de negarse las partes en repetidas oportunidades, no tuvieron más remedio que aceptar.
No existían motivos que alegar en una demanda judicial, y una asamblea de socios concebida para dilucidar quién se quedaba y quien se iba era un riesgo que ninguna de las familias estaba dispuesta a correr.
Cómo hizo Zegarra para lograr en apenas unos meses convertir la cesión original en dos nuevas concesiones que adjudicaban exactamente las mismas superficies, constituye un misterio que mi padre nunca nos contó, si es que lo supo.
Se contrató una compañía que debía tasar todos los muebles e inmuebles y hacer las valuaciones de acuerdo a lo que se encontrara a cada lado de la nueva medianera que partiría al club en esas dos mitades.
Como claramente el edificio que servía de sede social estaba ubicado en uno de los lados, las partes se comprometían a pagar a la que no le tocara, un monto que permitiera construir otra sede con exactamente los mismos metros de superficie”.
En este punto, Aurelio Villalobos interrumpió su relato manifestando la necesidad imperiosa de beber un vaso de agua, y se disculpó por no haberme ofrecido nada.
Llamó al buffet y pidió un agua mineral y el té que le solicité.
Al cortar, me miró y dijo “La aburro. ¿Verdad?”.
“En absoluto, es una historia fascinante”, me apresuré a responder con honestidad.
“He abusado de su tiempo. Puedo finalizar aquí, ya que usted ha escuchado los hechos esenciales de la historia”, dijo con un dejo de vergüenza.
“Intuyo que no falta mucho para que lleguemos al final, y no creo que usted me quiera negar el último capítulo de la novela”, dije, alentándolo a proseguir.
“Pero antes tengo una pregunta que hacerle”, agregué, y sin esperar que me dijera ¿Cuál es?, se la formulé: “¿Cómo hicieron para adjudicar a las familias uno u otro lado en disputa.? Imagino que ambos deberían querer el que albergaba la sede ¿No?”.
“Así es”, respondió. Pero se encontró un método sencillo. Alguien en un momento propuso una moneda, pero eso fue rápidamente desechado por las partes, que no tenían confianza en nadie que la revoleara. Se decidió que cada familia eligiera alternadamente un número del cero al nueve hasta completar cinco por cada una. Estos números figurarían en un documento que confeccionaría un escribano, y ganaría el derecho a elegir el que acertara la última cifra del premio mayor de la Lotería de Navidad.
Como verá, el sistema fue muy creativo. Y no solo decidiría el lugar, sino también las dos palabras del nombre a elegir, que ante la obstinación de las partes, fue objeto de otra división.
Así, las cuatro palabras de Villa de los Olmos, quedaron subdivididas en Villa de, y los Olmos, expresando terminantemente la prohibición en el documento firmado por las dos familias de utilizar alguno de los términos perteneciente al otro en la denominación de los nuevos nombres que se les daría a los clubes.
Mi familia ganó el sorteo con el número cinco, y mi padre decidió elegir, además de la parte que comprendía la sede original, las palabras Los Olmos, con el único fin de fastidiar a los Olmedo, ya que la lógica indicaba que de acuerdo a la similitud con nuestros apellidos, nosotros nos quedáramos con Villa de, y los Olmedo con Los Olmos”.
Ellos aceptaron el designio del azar, y comenzaron a construir su sede y adecuar las instalaciones que estaban ubicadas en su predio. Los socios eligieron libremente su destino y casi la mitad se fueron con los Olmedo”.
Dicho esto calló por unos instantes y luego murmuró, casi para si, y con una inmensa pena que se advertía en su voz y en sus ojos lánguidos “Todo aquello fue una pesadilla inútil”.
Yo lo miraba absorta. Y en un esfuerzo, saliendo de mi mutismo, pregunté:
“Esto sucedió hace unos 50 años si mis cálculos son certeros. ¿Qué ocurrió desde entonces?”.
“Solo odio y antagonismo. Alguna que otra pelea callejera entre los más jóvenes. Un par de demandas sin resolución por destrozos ocurridos en ambos clubes por las noches, sin que pudiera descubrirse a los culpables. Esos hechos levantaron ese muro de campo de concentración que usted observó, como un siniestro y largo monumento a la discordia cuya visión diaria nos impide olvidar que del otro lado se encuentra el odiado enemigo.
Pero los hechos más lamentables y dramáticos se presentaron en los torneos interclubes.
Como ambas Instituciones están afiliadas a la Federación, debimos enfrentarnos en innumerables oportunidades durante todos estos años. Cuando nos tocaba jugar de visitantes, nuestros jugadores no dormían por las noches y se aprestaban a padecer toda clase de afrentas y agresiones. Varias veces tuvimos que retirar los equipos pues no estaban dadas las condiciones mínimas de seguridad para jugar. Lo mismo les sucedía a ellos cuando venían a jugar aquí.
Hace 38 años, ante las permanentes protestas y acusaciones cruzadas que recibía, la Federación decidió intervenir amenazando con la desafiliación de ambos clubes si continuaban las hostilidades y convocó a una reunión de partes.
Los delegados enviados se comprometieron a respetar a los rivales poniendo como garantes del cumplimiento de dicho acuerdo a los presidentes de ambos clubes.
La enemistad continuó, pero no se volvieron a registrar agresiones. Diría que el paso de los años, nos trajo una tensa indiferencia”.
El relato había finalizado y el silencio nos envolvió.
Se lo notaba agotado. Reiteró su disculpa por abusar de mi tiempo, y luego concluyó:
“Entenderá ahora por qué necesitaba contarle la historia. Desconozco que le dirán al lado, pero le juro que le he dicho la verdad”.
Nos despedimos, y cuando extendió su mano la rehuí y lo besé en la mejilla. Sin explicármelo, Aurelio Villalobos, ese hombre viejo, cansado y confeso, había despertado en mí una gran ternura.
Ya no tenía tiempo de visitar el “Villa de tenis club”, y tampoco tenía en claro si quería hacerlo.
Esa noche le conté a Marcelo lo sucedido. Escuchaba asombrado que una simple visita para consultar los requisitos que solicitaba un club para ingresar, deviniera en una historia con ribetes tan fantásticos.
Estuvimos de acuerdo en desechar ambos clubes. No queríamos heredar un enfrentamiento que no nos pertenecía, y que Mateo creciera a la sombra de un muro construido por el odio.
La idea de asociarnos a un club no había desaparecido, y luego de una nueva investigación, ingresamos en uno que si bien se encontraba algo lejos de nuestra casa, nos pareció atractivo.
Unos meses después, mientras caminaba por la calle comercial del barrio, me encontré de frente con Aurelio Villalobos. Ambos, luego de alejar nuestras sorpresas, nos saludamos con un cariño desmedido para nuestra escasa relación.
Nos encontrábamos casualmente a la puerta de un bar, y me invitó a un café. Acepté sin dudarlo.
Una vez sentados, me dijo: “No sabe lo que lamenté que no regresara. Maldije el momento en que decidí contarle la historia, pues por más que fui sincero y tuve las mejores intenciones, luego presentí que la había espantado. ¿Llegó a visitar a nuestros vecinos?”, preguntó ansioso.
Le conté la charla con Marcelo, las razones de nuestra decisión negativa, y la elección del nuevo club. Y después, en un tono intimista, le admití haberme sentido realmente conmovida por su relato, pero sobre todo, por lo que trasmitía él al contarlo.
Mencioné su cansancio, la tristeza que parecía sentir al recordar y recorrer la historia, como si algo muy pesado y difícil de soportar lo agobiara.
Escuchó con suma atención mi confidencia, y luego, con una sonrisa en los labios que no provenía sino de su autocompasión dijo: “Ah. La intuición de las mujeres…”.
Me miró tan fijo y con tanta profundidad, que llegué a asustarme. Sus ojos comenzaron a nublarse por efecto de las lágrimas que su vergüenza pugnaba por retener, y conmocionado, en un sordo estallido que liberó más de 50 años de encierro, emergió el secreto que lo consumía: “Aquel pique…”, balbuceó, y haciendo una pausa para darse el valor de proseguir, confesó: “…aquella pelota de Gregorio... fue buena”.
Se derrumbó sobre la mesa, con la cara escondida entre sus brazos. Luego de unos minutos, me levanté y sin decir nada lo dejé con su humillación y su silencio. Apreté con suavidad su hombro, y me fui.
Nunca volví a verlo ni pasé más por la puerta de los clubes.
Pasado poco más de un año de aquel encuentro, Marcelo leía el diario, y de pronto, me preguntó: “¿Cómo se llamaba aquel presidente del club de tenis?”.
“Aurelio Villalobos”, le respondí. “Acaba de fallecer. Está aquí, en el diario”, me dijo.
Corrí y le quite el periódico de las manos. Era verdad.
Uno de los avisos fúnebres me emocionó de tal forma que comencé a llorar sin poder contenerme. Se leía: “Al señor Aurelio Villalobos, dirigente y amigo, el presidente Dr. Gregorio Olmedo y todos los socios de su amado y unido Villa de los Olmos Tenis Club lo recordarán por siempre”.



* Autor del libro “Primer Set”, de "Ediciones Voz en Juego". Reproducción autorizada por el Sr. Campos.

© Copyrigth Jorge Campos - Prohibida su reproducción
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