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Copa Davis/Argentina

• El capitán australiano, Neale Fraser, asiste a su jugador, Phil Dent. El argentino Ricardo Cano cruza la red para ayudar.


Copa Davis 1977
Las primeras semifinales mundiales de la Argentina

Fueron El tenis argentino ya había golpeado muy fuerte en el circuito internacional; los '70 dejaron una huella profunda de la mano de Guillermo Vilas con su inesperada victoria en el Masters de Melbourne, en 1974. Y tres años más tarde, mientras el zurdo conjugaba una temporada excluyente, la Copa Davis marcó el punto de partida de nuestro país como potencia. Se puede afirmar que 1977 resultó el puntapie inicial de innumerables picos destacados a través de las siguientes décadas.
El primer escalón se dio a fines de marzo de ese año, cuando Chile quedó atrás por 4-1, con las descontadas victorias de Vilas y la gigantesca actuación de Ricardo Cano, quien derrotó a Patricio Cornejo y a Jaime Fillol. De esa forma, el equipo se instaló en la final de la Zona Americana. Oscar Furlong, el capitán nacional, lo analizó así: “Esa temporada venía todo muy bien por el gran momento de Vilas y porque Cano consiguió asentar su juego. Contra Chile estaba la clave para realizar una buena campaña. Los chilenos llegaron 15 días antes para aclimatarse, pero Vilas y Cano fueron a competir a los Estados Unidos, cosa que les dio más ritmo. Yo era muy optimista, pues contaba con los dos puntos seguros de Guillermo y confiaba en que Richard podría al menos con uno de los visitantes. Me equivoqué: pudo con los dos y pasamos a la final contra los Estados Unidos”.

A los 24 años, con una hija recién nacida, Cano se apuntaló como el Nº 2 del país cuando oscilaba entre los 30 mejores del mundo. Vilas no tuvo problemas a pesar de haber arribado al país apenas horas antes, desde Sudáfrica, algo que le quitó adaptación a la superficie y le agregaba cansancio (en Johannesburgo jugó sobre cemento, superó a Hans Kary, Richard Lewis, Jürgen Fassbender, Buster Mottram y no pudo disputar la final contra Björn Borg, por lluvia).



• El doble argentino (Guillermo Vilas y Ricardo Cano) estuvo a un paso de vencer a la pareja australiana.

Esa serie se convirtió, a la distancia, en la bisagra hacia un capítulo diferente. Como una ley no escrita, el exitoso binomio Fillol-Cornejo, prácticamente dominadores del continente, dejó paso a la decantada realidad argentina de la mano de un jugador extraordinario como Vilas, acompañado magistralmente por Cano. El mismo capitán chileno, Luis Ayala, declaró a los medios luego de la caída: “Estos muchachos terminan un brillante ciclo para Chile”.

En las tribunas también se “destapó” una hinchada muy particular, con una futura estrella al mando, bandera argentina en mano: el juvenil José Luis Clerc, el mismo que apenas tres años más tarde alzó sus brazos al cielo al derrotar al mejor del mundo, John McEnroe, en el mismo escenario. Se hicieron notar e incluso fueron advertidos airadamente por un dirigente de la AAT, que llegó a enviarles un policía vestido de civil para que los controlara. No sirvió de mucho: el espíritu copero ya era irreversible y buena parte del triunfo, como reconocieron los mismos jugadores, se debió a ese incondicional y sostenido apoyo. No era una barra desubicada o agresiva y por eso resultó mal visto que aquel directivo los intentara callar en uno de los cambios de lado, retándolos y recomendándoles que calmaran sus ímpetus. El árbitro general, el chileno Marcelo Taverne, que luego también estuvo en las semifinales contra Australia, poco pudo hacer para frenarlos.

El siguiente capítulo, la final de la Zona Americana, prevista entre el 29 y 30 de abril y el 1º de mayo en el Buenos Aires Lawn Tennis Club, era para tomar con pinzas. La primera buena noticia para los locales llegó desde los Estados Unidos: Jimmy Connors, Harold Solomon y Eddie Dibbs viajarían a Sudamérica por diferentes razones. Evidentemente, eso facilitó todo. Furlong debía ingeniárselas para que su equipo consiguiera el tercer punto, pues era lógico que Vilas superaría a cualquiera que estuviese enfrente. Nuevamente confió en Cano, Álvarez y el apoyo del juvenil Fernando Dalla Fontana.

Con aquellas ausencias se comenzó a bocetar la estrategia: imaginando el aporte de Vilas, resultaba imposible pensar en obtener el doble, ya que la pareja visitante -Fred McNair y Sherwood Stewart- era de lo mejor del circuito. Y allí apareció la figura de Cano y el trabajo en conjunto que tuvo su premio: derrotó a Dick Stockton, nada menos que 12º del ranking mundial, por 3-6, 6-4, 8-6 y 6-4 en el primer encuentro del viernes. Todos sabían que significaba algo así como un match point adelantado a favor de la Argentina. “Si bien fue una grata sorpresa para todos nosotros -se entusiasmó Furlong mirando hacia atrás en el tiempo-, ese triunfo tenía un sustento previo. Conversamos largamente con Richard porque no lo habíamos visto bien de arriba al estadounidense, como cuando pegaba el smash. En los entrenamientos estaba muy errático. Pensábamos que tenía algún problema en el hombro o algo así. Y, como era un jugador de ataque, la táctica que armamos fue, antes que pasarlo por los costados, tirarle abajo y luego globos, muchos globos. Y en el partido pegó pésimo y Cano terminó ganando relativamente cómodo”.

Después de un comienzo lento y nervioso, donde Stockton desplegó su juego, con saque y volea constante, el argentino se ordenó, jugó más profundo y mantuvo al estadounidense en el fondo. Lo obligó a correr de un lado al otro para mellar su resistencia y terminó con calambres en su pierna izquierda. Como dato curioso, vale recordar un gesto de Cano: en el cuarto set, cuando impartía un monólogo tenístico, concedió dos pelotas más a Stockton luego de hablar con el umpire del encuentro, Martín de Gainza (h). Es que un espectador molestó al correcto visitante y Richard mostró su fair play.

A la distancia, Cano lo resumió de esta manera: “Stockton me había ganado hacía un mes en Palm Springs, sobre cemento, muy fácil, por 6-3 y 6-1. De cara al match, no era un buen antecedente ya que, además, lo hizo en la primera rueda. Encima, el sorteo determinó que nos enfrentáramos en la apertura del viernes. Comenzó con todo, atacándome por todos lados y no dando ritmo, el que yo necesitaba para compensar su ofensiva. Me ganó 6-3 el primer set y, en el segundo, creo que él estaba 3-1. De pronto, en un cambio de lado, Furlong me dio una información muy precisa: que lo pase siempre con globos porque había percibido que no estaba bien físicamente. Desde ese instante cambió el partido, tomé confianza y terminé ganándole en cuatro sets”.

En el segundo punto, Vilas no le dio ninguna oportunidad a Brian Gottfried, en ese momento Nº 5 del mundo. Una tarea demoledora, precisa, que acorraló al luego finalista de Roland Garros. Aplicó abundante top spin para imposibilitar la ofensiva de un rival desmoralizado, que pegó todo el encuentro en puntas de pie y que apenas soportó un set, el primero. Se rindió en los otros dos, sin respuestas frente a semejante defensa. Fue 6-4, 6-0 y 6-2, catalogado por el mismo Vilas como “mi mejor partido en Buenos Aires”. La proeza se estaba dibujando.

Para el sábado y luego de una reunión entre el profesor Juan Carlos Belfonte, Furlong y los jugadores, decidieron sacar a Vilas del doble para que estuviera en plenas condiciones para su compromiso con Stockton, principalmente por una molestia en su brazo izquierdo. Cano y Alvarez perdieron 6-3, 6-3 y 6-3 con una dupla experimentada y contundente. Desde cualquier sector de la tribuna se podía observar al capitán estadounidense, Tony Trabert, conocedor de tácticas, anotando cada falencia de los argentinos en una libreta. Sus conclusiones las aplicó el tercer día. Quizás por esa razón, Stockton realizó un trabajo perfecto contra Vilas en el primer set, que ganó por 7-5, pero la tarea aniquiladora del argentino -que tenía un destino claro, el físico de Stockton- causó estragos.
No hubo sorpresa y, en terreno propio, Vilas no dio respiro y materializó el punto que restaba: game, set y match Argentina, por 5-7, 6-2, 6-2 y 6-2 cantó el juez de silla, Carlos Lynch. Fue el disparador para el festejo masivo y el de Vilas en particular, que no paró de saltar por el trajinado y querido court central del Buenos Aires aquella fría tarde del domingo 1º de mayo.

Dos de los periodistas estadounidenses que nos visitaron, Bud Collins, de la revista World Tennis y del Boston Globe, y Walter Bingham, de Sports Illustrated, no salieron de su asombro por la contagiante expresión del público y confesaron que se emocionaron a pesar de la derrota de su país. En el palco oficial estuvo el dictador Jorge Rafael Videla, sin que muchos supieran la trama negra que el mandatario, integrante de la Junta de Comandantes, estaba llevando a cabo junto a Eduardo Emilio Massera y Orlando R. Agosti.

¿Cómo terminó? Con una victoria de Gottfried contra Cano por 7-5, 7-5 y 6-0. Aunque estuviera definido, se respetaba generalmente jugar al mejor de cinco sets y Cano lo hizo claramente desconcentrado: es que previamente, en el vestuario, la alegría no tuvo fin y la botella gigante de sidra hizo el resto.

Todo resultó deportivamente perfecto, pero con un cauteloso bajo perfil de cara a las semifinales mundiales con Australia. “El festejo fue normal -observó Furlong- porque también corrían otros tiempos. Si se quiere, era más familiar. Algunas veces íbamos todos a cenar a casa o a la de otro; hacíamos reuniones previas acerca de la siguiente Copa Davis. Ahora es súper profesional y me parece bien porque el tenis evolucionó en muchos aspectos. Teníamos que ordenar las vivencias y ver la forma de ganarles a los australianos cuatro meses más tarde. Ese fue, hasta entonces, el triunfo más importante para el tenis argentino y lo disfrutamos hasta las lágrimas”.

En los Estados Unidos, la derrota causó gran revuelo. El capitán disparó, apenas llegó a su país, todos los dardos hacia los que se negaron a jugar. Connors argumentó que debía cumplir un contrato con el Caesar's Palace de Las Vegas y la WCT; Dibbs, quien se había comprometido a viajar a Buenos Aires, prefirió prepararse para un torneo de dobles. Y Solomon, especialista en canchas lentas como Dibbs, tuvo una infección glandular de amígdalas y tuvo que guardar reposo. En definitiva, Trabert sabía que la serie se había complicado sobremanera. Había llamado a Stockton, que no estaba muy bien de la espalda, y a Gottfried. Pero sus cartas para polvo de ladrillo eran Dibbs y Solomon. El presidente de la USTA (Asociación de Tenis de los Estados Unidos), W. E. Hester, también se ofuscó: “Queríamos que Connors jugara”. Jimbo arrastraba malos antecedentes con el anterior capitán, Dennis Ralston, y no quiso formar en el '75. Cuando regresó al equipo, en el '76, perdió con el mexicano Raúl Ramírez. Necesitaban imperiosamente cambiar el rumbo en la Copa Davis: venían de derrotas consecutivas siendo la mayor potencia mundial. En 1974 cedieron con los colombianos por 4-1 en Bogotá; en 1975, con los mexicanos en Palm Springs por 3-2; en 1976, nuevamente contra México 3-2, y en 1977 con los argentinos. Recién se recuperaron en 1978, cuando superaron a Sudáfrica, Chile, Suecia y Gran Bretaña en la final mundial, repitiendo en el '79.

Argentina vs. Australia: a un paso de la final

Con la primavera acechando desembarcaron los australianos, a las 22.40 del 8 de septiembre de 1977, para jugar entre el 16 y el 18 de ese mes. La sede, nuevamente el Buenos Aires. Los rivales, con 24 Copa Davis en las vitrinas, intimidaban. Los apellidos de sus próceres -Hoad, Rose, Anderson, Fraser, Sedgman, McGregor, Cooper, Rosewall, Laver, Roche, Stolle, Newcombe-, también.
John Alexander, de 26 años, ubicado noveno en el Grand Prix y 12º del ranking mundial de singles, venía de ganar en North Conway al vencer en la final al español Manuel Orantes; Phil Dent, otra mole de poderoso saque e interesantes antecedentes en canchas de polvo de ladrillo a lo largo del '77, como las semifinales de Roma y Roland Garros, se posicionaba quinto en el Grand Prix que lideraba Vilas.

La delegación se completó con el capitán Neale Fraser (en la silla desde 1970), Mark Edmondson, Paul McNamee y Ray Rufells. Faltaron dos de los buenos: Geoff Masters, operado de un tendón de Aquiles, y Ross Case, con tendinitis en el hombro derecho. La formación, aun sin estrellas, se destacaba por su homogeneidad. Al día siguiente se entrenaron fuerte mientras a miles de kilómetros, en Nueva York, Vilas encaraba las semifinales y la final del US Open, que el domingo 11 fue suya al superar a Jimmy Connors, actuación que lógicamente preocupaba a los australianos.
En la primera práctica, como dato curioso, Fraser dijo: “La cancha está en perfectas condiciones, aunque el clima es muy variable porque ayer amaneció calmo y hoy hay un viento impresionante. Y también me extrañó que se utilicen balls amarillas, como se están comenzando a usar en Europa y los Estados Unidos, en vez de las blancas”.

La lluvia les frustró cuatro jornadas de práctica de las ocho que dispusieron por llegar con antelación. Con responsabilidad, el capitán había observado a Cano en Europa anotando virtudes y defectos e incluso se hicieron de las películas de la Copa Galea, ganada por nuestros juveniles, por si Fernando Dalla Fontana, José Luis Clerc o Alejandro Gattiker reemplazaba a alguno de los titulares. De Vilas ya sabían todo y lo catalogaban de invencible. Además, el legendario visitante había hecho muy bien los deberes: recibió del estadounidense Tony Trabert -capitán del equipo que venía de perder con Argentina-, un detallado informe de las debilidades y fortalezas de cada jugador, y asistió a tres torneos previos a la serie para ver actuar a los posteriores rivales. Con toda esa información, la conclusión que dio a conocer fue inteligente: “No le vamos a pelear los puntos a Vilas porque sería esforzarse por algo muy difícil; nuestra atención está en Cano y el doble”.

En otro sector del Buenos Aires, el profesor Juan Carlos Belfonte exigía físicamente al máximo a Cano, Álvarez, Clerc y Dalla Fontana. La única duda se enfocó en un dolor en el brazo derecho de Cano, por lo que fue infiltrado y se esperaba una evolución favorable para la siguiente semana, aunque el problema lo arrastraba desde el torneo de Columbus en esa temporada, jugado la última semana de julio.

El viernes 16 de septiembre, cerca de 7.000 espectadores -que compraron en pocos días todas las entradas puestas a la venta-, apostaron sus cuerpos para presenciar otra obra maestra que sólo la Copa Davis suele ofrecer. Vilas abrió contra Dent. Furlong prefería que fuera Alexander, para propinar un golpe psicológico con una eventual victoria, pero el sorteo determinó lo contrario.
El slice y los globos del gigantesco australiano molestaron al argentino por pasajes, pero con mayor efectividad luego de una ventaja de 6-2 y 4-1 de Vilas. El drive de Dent cobró vigor y lo combinó con perfectos drops shots. El 4-1 se convirtió en 6-4 para Australia cuando Vilas no podía regresar a su nivel de la primera hora de juego, especialmente por una inoportuna debilidad en sus piernas, según comentó en la conferencia de prensa posterior. Dent se colocó 5-4 en el tercero pero terminó ganándolo Vilas por 7-5. Y luego del descanso reglamentario de 10 minutos, nuevamente se hizo presente la seguridad y regularidad del argentino. Se notó, básicamente, que el trajín de Nueva York, sumado a otro tipo de cancha y pelotas, conspiraron para el rendimiento a pleno del flamante campeón del US Open.

A continuación, un martirio para Cano: durante 1h22m, Alexander fue una máquina de sacar y volear elegantemente. Sirvió a más de 225 km/h y tomó la red una y otra vez. Nada sirvió para contrarrestar semejante demostración ofensiva. Después de pelear el primer set, que perdió por 6-3, sobrevino la debacle del argentino con dos capítulos en cero. Sólo contó con una oportunidad en 3-5 y 0-40 con el servicio de Alexander pero se desvaneció rápidamente.

Un signo muy positivo que arrojó la serie fue ver cómo se complementaron las dos mejores raquetas nacionales en el doble, aplicando una táctica inédita, bautizada “media australiana”. La aconsejó el coach de Vilas, el rumano Ion Tiriac, que por otra parte la utilizaba habitualmente cuando jugaba junto a su pupilo en el circuito. Lo asombroso fue que los protagonistas jamás la habían practicado y sólo pudieron jugar algunos tantos experimentales horas antes del partido oficial.

La tradicional ceremonia inaugural -con la ejecución de los himnos a cargo de la Fanfarria del Cuerpo de Granaderos a Caballo Gral. San Martín- se llevó a cabo con demoras pero marcó el vía libre. Previamente, los juveniles argentinos Claudia Casabianca, Clerc, Gattiker y Dalla Fontana, recibieron en el court central una distinción de la AAT por sus victorias en ese campo: la primera en Forest Hills; los chicos en la Copa Galea. El doble era a todo o nada porque allí se definía el pasaje a la final mundial. Fraser no comprendía la situación pues nunca creyó que Furlong pondría a Vilas en todos los puntos. Pero si se buscaba el milagro, Vilas debía estar allí. Al verlos en acción, se dejó a un costado aquella premisa sobre que los nuestros siempre flaqueaban el segundo día. Esa combinación fuerte, agresiva y efectiva de Vilas y Cano, permitió que una pareja ya formada (Alexander-Dent), con clara concepción doblista y antecedentes de final de Wimbledon, diera un paso atrás y bordeara el precipicio. A partir del tercer set, el partido tuvo un gran vuelo técnico.

A las acostumbradas entregas antológicas de Vilas -que no se cansó de correr por el fondo- se le sumó el toque y el smash de Cano, que con aquella formación -uno de los dos en medio de la cancha, agazapado durante el saque del compañero, cruzándose para alguno de los lados previo acuerdo entre ellos-, les hicieron la vida imposible a los australianos, quienes no podían descifrar la estrategia. Se colocaron sets iguales, 6-5, 30-0 y el servicio de Vilas, pero no acertaron en cerrarlo y Australia se llevó el parcial por 9-7.

Tras el descanso, el que estuvo con todas las luces encendidas fue Cano. Ya no sólo acompañaba bien, sino que mandaba y ganaba. Sus voleas herían como flechas a los rivales. Tanto es así que en un par de jugadas, al tratar de responderlas, los australianos cayeron pesadamente sobre el polvo de ladrillo del Buenos Aires. En una, Alexander se lastimó la mano derecha, por la que corrió un pequeño hilo de sangre. Dos sets iguales y la clave de la contienda: a las 18.20, el árbitro general, el ex jugador chileno Marcelo Taverne -fallecido en 2004-, escuchó al capitán australiano, que pedía tiempo de forma desesperada. Con el quinto set empatado 2-2 (en el tercer game, Dent estuvo 15-40 pero lo levantó) y los argentinos a pleno, Fraser, conocedor al máximo de los detalles de este deporte, no quiso seguir, aun cuando todavía se podía jugar un poco más con luz natural. De alguna manera tenía que cortar la inspiración de los locales y consiguió postergar el partido para el otro día. El público clamaba por más, pero todo quedó para el domingo por la mañana cuando el umpire del encuentro, Héctor Romani, anunció la decisión.

Obviamente, con el ritmo cortado, entonces todo fue muy diferente: apenas 15 minutos bastaron para que Australia ganara cuatro games consecutivos y el set por 6-2. Desde los escalones de la central descendían improperios; público de varios sectores se comportó decididamente mal y fueron advertidos, lo que obligó a suspender el juego en varios pasajes. Eso, sumado a las constantes dudas en los piques y las airadas discusiones de Fraser -dentro de las leyes-, llevó a Taverne a autorizar dos pelotas más cuando se esperaba una sentencia concreta -mala o buena-, en vez de la solución salomónica, algo que disgustó especialmente a los jugadores argentinos.

“Ya se había hecho un poco tarde -explicó Furlong- porque el partido era muy disputado. Como en ese momento no se fijaba previamente una hora para suspender por falta de luz, nosotros no queríamos parar. Todo era de común acuerdo entre los capitanes, pero la decisión la tomaba el árbitro general. Recuerdo que los australianos hicieron dos o tres intentos de suspender cuando se veían superados, pero lo estiramos lo máximo que pudimos. Discutimos varias veces hasta que ya no hubo forma de convencerlos de que siguieran. Una pena, porque Vilas y Cano estaban jugando brillantemente. Volver a empezar al día siguiente no sería lo mismo; me di cuenta apenas fuimos camino hacia el vestuario”.

Cano, por su parte, lo recordó de esta manera: “Yo no estaba jugando bien; venía con problemas de codo y me infiltraron. Jugué mal los singles, pero en el doble, no sé por qué razón, me sentí bárbaro. Tuvimos la mala suerte de que la banda que tenía que tocar el himno llegó tarde y se atrasó todo. A la larga fue lo que nos perjudicó, cuando tuvimos que suspender. La gente apoyó tanto, que ayudó a enfocarme totalmente en el partido, fue impresionante. En el tercero sacaba Guillermo para tomar una ventaja de dos sets a uno, pero lo perdimos y se nos complicó el set que finalmente quedó para ellos, muy ajustadamente. Yo estaba seguro de que ganábamos igual al día siguiente; tenía plena confianza porque le había tomado el tiempo a los australianos. Realmente los desconcertamos con una táctica que nos indicó Tiriac: en el game de saque nuestro el que no servía se paraba en el medio y nos cruzábamos, previa seña, en forma sorpresiva para la derecha o la izquierda. Dent y Alexander, que formaban una de las mejores parejas del mundo, se desorientaron. Habíamos practicado muy poco en la semana, tal vez apenas un día antes, no lo recuerdo, pero nos salió muy bien más allá de perder en el quinto set. En realidad nos teníamos más confianza en los singles que en el doble, por eso no le prestamos tanta atención los días previos”.

El tramo que restaba podía ser apoteósico o decepcionante. En el cuarto punto, Cano tenía otra vez la responsabilidad de dar vuelta el rumbo. Y estuvo a la altura del acontecimiento con un esquema inteligente, aunque no le alcanzó: Dent le arrebató con lo justo el punto crucial, después de remontar un 1-3 en el primer set, donde Cano contó con su saque y tuvo dos ventajas. Incluso, el corpulento australiano se recuperó de tres caídas, una de ellas muy aparatosa, en el sexto game del primer parcial, tras la cual el argentino cruzó solidariamente la red para comprobar que no fuera nada grave.
En el segundo parcial se incrementaron los fallos en pelotas poco claras, cosa que generó un clima caliente. Cuando promediaba el tercero, un pique complicó todo: Taverne ordenó repetir el tanto alegando que el grito del juez de línea había perjudicado a Dent y la gente estalló otra vez en insultos y silbatinas, incluso hacia Furlong, a quien le exigían una actitud menos estática. En esa confusión, Cano no retuvo el saque. A pesar de no alejarse demasiado en el score, calcó el resultado del primero (6-4). En el tercero, entre nervios y reiterados cambios de palabras, las semifinales tuvieron dueño: 3-1 para los australianos.

Luego, Vilas venció a Alexander, quien le opuso muchísima resistencia al flamante mejor jugador del mundo. Vilas podría haber elegido no presentarse, pero prefirió brindarse por el espectáculo. Arriesgó con todo definido y cobró una nueva víctima en su rico palmarés en Copa Davis, achicando la diferencia numérica de la contienda a 3-2. En el palco oficial volvió a estar el presidente de facto, Jorge Rafael Videla, como contra los Estados Unidos. Australia fue finalista y luego recuperó la ansiada Copa Davis -que no ganaba desde 1973-, al superar a Italia en Sydney.

* Eduardo Puppo estuvo presente en la serie disputada en Buenos Aires.

© Copyrigth Eduardo Puppo - Prohibida su reproducción
Fotos gentileza: Archivo Clarín / Revista Todo Tenis 1977





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