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Sabatini/Logros

• "El" momento del US Open 1990 para Gabriela Sabatini, al derrotar en la final a la alemana Steffi Graf en dos sets.


US Open 1990
El sábado épico de Gabriela

En una temporada en la que ya había llegado a octavos de final de Roland Garros y a semifinales de Wimbledon, encaró el Abierto de los Estados Unidos con una actitud netamente ofensiva. Perdió apenas un set en siete partidos y le ganó la final a la Nº 1 del mundo, la alemana Steffi Graf.

Ese viernes, 7 de septiembre de 1990, alrededor de las seis y pico de la tarde, me sentí raro. No era normal para mí tener el estómago revuelto a esa altura del torneo, ya aclimatado a Nueva York, bien dormido a pesar de las comidas, en general, masticadas a las apuradas. Mi cuerpo nunca se había manifestado así. Por un lado, se escapaba el sol, que visto desde la cumbre del estadio Louis Armstrong -aún ni se proyectaba construir el gigantesco Arthur Ashe- regalaba un paisaje sentimental como todos los crepúsculos tranquilos. Con el correr de los años, dolorosa acción terrorista de por medio, la única variación es que hoy ya no se visualizan, como aquel fin de semana, la World Trade Center allá lejos y a la izquierda del complejo.

Por otro, cuando enfilé hacia los micros destinados a transportar a la prensa, me crucé una vez más con la flamante finalista del US Open: Gabriela Sabatini. Ella partió con su hermano Osvaldo hacia su temporal morada, en uno de los lujosos coches destinados por la USTA (asociación del tenis estadounidense) para los jugadores top. No recuerdo si los acompañó ese día Willy, un amigo de ambos que estuvo junto a ellos todo el torneo. Nos saludamos con un “chau, hasta mañana”, como si nada pasara. Pero sí pasaba. Y mucho.



Le “leí” una rara mezcla de sosiego y optimismo encubierto; plantada con firmeza y seguridad ante todo lo que le restaba hacer. Muy difícil de definir o comprender para mí entonces. Ahora, con los hechos consumados y desmenuzados, a una gran distancia en el tiempo, descubrí la respuesta: eso sucede en la víspera de trances sublimes y, por alguna razón que no puedo explicar, mi humanidad lo captó. Gaby se fue tranquila, abrigada por un buzo azul y un bolso en su hombro que muy poco después sería hospedaje transitorio de esa plateada y exclusiva copa que fabrica la no menos elitista casa Tiffany, con sede en Manhattan.

Durante los trece días de duración que tuvo el torneo de damas, Gabriela hizo mucha vida de hotel, con cenas livianas en la habitación cuando no tenía partido, nada de llamadas o salidas. Le sumó extensas sesiones de práctica en el National Tennis Center -rebautizado en 2006 como “Billie Jean King”-, con ejercicios de relajación como jugar al fútbol con las pelotas de tenis -pechito, cabeza y goles ficticios incluidos- que alegraron a los ocasionales espectadores en las canchas secundarias. Siempre con shorts coloridos, que utilizó solo en los entrenamientos.

Tomé el superpuntual bus de prensa -en realidad, alberga a jueces de línea, algunos tenistas poco conocidos, invitados especiales- que compartimos con los colegas argentinos a la ida y a la vuelta, aunque con la libertad de elegir el horario, pues partía cada media hora hacia y desde el corazón neoyorquino. Ese día volví solo. Bueno, es un decir, ya que siempre se atiborraba con otros 50 o 60 anónimos, que nunca paran de hablar, muchas veces en voz muy alta. Los distintos idiomas se confundieron en mis oídos, mientras la “ola polar” que se padecía adentro de esos freezer con ruedas no daba tregua. Traté de ordenar los pensamientos, alterados por la vorágine atravesada. Daban vueltas de manera recurrente. ¿Podríamos ver a Gaby con la copa en sus manos? ¿Le ganaría a Graf? ¿Seguiría con esa precisión que mostró en la previa durante toda la final? Uff...



Creo que yo, como con seguridad los demás colegas que regresamos en forma escalonada hasta el tantas veces remodelado hotel Loews (nombre que varió a Metropolitan y luego a Double Tree, en la calle Lexington y 51), nos pusimos más sensibles que la propia Sabatini. Minutos antes de partir en el ómnibus, los enviados de los medios argentinos ya la habíamos acribillado a preguntas. Guardé el casete con su voz casi con miedo a perderlo. Hasta le rompí el seguro para no borrarlo por accidente. Tenía, para mí, el valor de un papiro ancestral que debía preservar para siempre, con los conceptos de la primera mujer argentina que llegaba a la final individual de un Grand Slam. Todavía está en mi casa.

Para algunos de los periodistas-testigos de semejante acontecimiento, la situación tan deseada iba un poco más allá. Quizá, por poseer una relación más estrecha con la futura campeona, arrogándonos -me incluyo- cierta e injustificada “pertenencia” que distaba de ser real: el colosal golpe deportivo en ciernes era patrimonio de todos, los que tuvimos la suerte de viajar y los millones de argentinos que lo vieron por televisión o lo escucharon por radio. Yo no lo decodificaba así aquella pacífica tarde en el verde y pulcro parque de Queens. La historia, la verdadera historia, se escribió con letras de molde en el transcurso de esas horas que le dieron paso a un fin de semana único.

No tengo dudas de que Gabriela tomó impulso en cuartos de final, cuando la diminuta soviética Leila Meskhi, de pelo corto y gran revés a dos manos, la obligó a sacar adelante el partido con más fuerza interior que técnica y táctica: por ejemplo, perdía 2-5 el tie-break del primer set y lo ganó por 7-5. En las semifinales, Gaby se hizo fuerte luego del 1-4 inicial que la estadounidense Mary Joe Fernandez (en realidad, dominicana, de madre cubana y padre español) había sumado con rapidez. Sabatini tenía la firme intención de corporizar tantas esperanzas acopiadas. En aquel crítico sexto game del primer set recuperó su saque y, en el siguiente juego, después de perder una volea cruzada, se arrodilló y pegó un grito: “Noooo”. Una reacción casi irreflexiva, junto a la red y con el cuerpo inclinado, sirvió para que Gaby cambiara de actitud.

Más adelante interceptó un passing shot abierto y milimétrico: el destino primario de aquel tiro podría haber sellado el rumbo del parcial y, tal vez, del partido. Pero el brazo fue más rápido y la pelota cayó del otro lado, tal cual se desplomó ella del suyo, para “morder” el arrugado y caliente cemento verdoso. No se quedó allí; sin saber si el punto quedaba en su poder, salió despedida hacia arriba como catapultada por resortes; experimentó una metamorfosis de hambre y ganas que hasta hoy no deja de maravillarme al recordarlo. Se nutrió de una motivación asombrosa que no la abandonó hasta el mismísimo final. Comenzó con los saltitos antes de recibir el servicio; el soplido entre sus dedos para secar la humedad del grip y un drive que mutó de top a slice, para deslizarse hacia la ofensiva una y otra vez y capturar puntos sorpresivos.

No sólo Mary Joe abrió los ojos y se encogió de hombros, al preguntarse qué mágico encanto había poseído a la mujer que tenía enfrente. Desde la fría sala de prensa, que tenía en ese momento vista a la cancha central, hicimos lo mismo: nos “bajamos” de los altos e incómodos bancos; corrimos las pesadas máquinas de escribir -que todavía no querían ceder contra el arribo de las computadoras- para despejar los grandes ventanales. Algunos se limpiaban sus lentes y volvían a mirar. Quedamos desconcertados y atrapados.

Pasadas un par de horas, el aerodinámico auto blanco de marca Infiniti la llevó hasta el hotel Mayfair Regent, en 65 y Park Avenue, donde pasaría la noche de vigilia para despertar el sábado que sería de gloria. Antes, la cena en uno de los restaurantes que había elegido casi como cábala: Ciao Bella, en la Tercera, o Alfredo's, en el edificio Citicorp. Al promediar la mañana, cerca de las 11, llegó a Flushing Meadows y se entrenó un buen rato con su coach. El día, soleado, con una temperatura de 20 grados centígrados y 46% de humedad, con algo de viento (a 25 kilómetros por hora). Se duchó, almorzó y, dos horas más tarde, se presentó de punta en blanco y lista para el reto.

Entró al intimidante estadio a la par de la alemana Steffi Graf. En mis apuntes, para la revista y la radio, tenía resumido cada detalle de los doce días anteriores: el debut contra la local y “emparchada” Kathy Jordan, plagada, pobre, de lesiones; luego la francesa Isabelle Demongeot y otro cómodo triunfo -hasta allí resignó apenas cuatro games- y una tercera ronda con vacilaciones contra la belga Sabine Appelmans, que le pegaba realmente fuerte y dejó parada a Gaby más de una vez, algo que desnudó falencias en la movilidad que preocupó a todos. Pero la argentina avanzaba.

En el Grandstand, la segunda cancha en importancia en esa época, la altísima checa Helena Sukova, siempre peligrosa, no pudo hacer demasiado: “Jugué mejor -nos contó Gaby- porque me sentía contenta, concentrada en cada punto y pensante. Me fui a la red y gané varios tantos importantes que me dieron confianza. Saqué más segura que en las primeras ruedas, pasé bien. Estoy mucho mejor que antes”. Dentro de su cuerpo fecundaba un cambio, que aún requería un poco más de maduración. De manera paralela, y sin tomarlo como indicativo, el cuadro se abrió: Monica Seles sucumbió, contra los pronósticos, con la italiana Linda Ferrando, y la suiza Manuela Maleeva le hizo la vida imposible a Martina Navratilova. La dos y la tres ya no estarían en el horizonte. Buena señal.

A todo esto -y no es caprichoso que aparezca a esta altura del relato-, caminaba pegado a Gabriela, sin perderle pisada, un hombre rubio, de ojos celestes, no tan alto, con gorra y sonrisa inagotable. Esa persona se encargó de mover algunas piezas vitales para transmitirle cuándo y cómo aplicar el ataque perfecto en las duras canchas. Lo transmitió con lentitud, pues la rapidez, bien lo sabía Gaby, es una virtud que puede llevar a un vicio poco aconsejable, la prisa.

Así lo comprendió el brasileño Carlos Alberto Kirmayr -de él se trata- quien muchos meses después, cuando nos cruzamos de manera circunstancial en San Pablo, lo analizó así: “No hicimos variantes profundas, porque no tuvimos tiempo de parar, mirar videos de su juego, estudiarlos y sacar conclusiones. Teníamos diez días desde que asumí su conducción hasta el inicio del US Open. Modificamos solo ciertos aspectos que tenían que ver con su confianza y un pequeño toque en el servicio: tirar la pelota más alta y flexionar más las rodillas. Y convencerla de que podía sacar bien. Una jugadora de su nivel puede confundirse con cualquier variable, aunque parezca imperceptible, porque juega mucho la cabeza. Como las doble faltas, que ya eran casi parte de su juego. Le pedí que le diera importancia a cada tanto, que los jugara con garra. Así, los resultados llegarían”, aseguró. Y vaya si llegaron. Gaby cumplió al pie de la letra cada indicación de quien fue -según reconoció la protagonista principal- el entrenador que más versatilidad le hizo florecer.

Esa “partitura” la ejecutó con perfección en el último partido. Salió a arrollar a su archirival, que hasta esa jornada fantástica acumulaba 18 triunfos en los 21 encuentros disputados entre ambas. No importó. La táctica era concreta: atacar, pegarle bien alto al revés y, después, slice, para entorpecer el misilístico drive de la alemana y aprovechar las ocasiones de tomar la ofensiva sobre su revés. Le teníamos fe. Pensábamos que, a pesar del corto lapso de Kirmayr con la “nueva Sabatini”, el título no le quedaría para nada grande.

Después de ganar el sorteo y elegir recibir, el primer set de Gaby fue una obra maestra: le robó los roles protagónicos a la germana. Activa, con devoluciones profundas y constantes avances, la argentina se adelantó por 4-0 (le quebró en el inicio, en cero, y luego en el cuarto juego), para definir el set en el octavo game con su saque, luego de un drive de su rival a la red. La mítica Graf no entendía qué sucedía. Quizá subestimó -por aquello de los enfrentamientos previos- el poder de su pujante rival, que recuperaba la magnificencia de su estilo. En el segundo set todo fue más parejo, pero la convicción de Gaby, totalmente suelta y determinada a cerrar allí su primer torneo de elite, pudo rematar en el tie-break: Graf entregó el servicio temprano, pero Sabatini no logró mantener el suyo en los siguientes dos puntos. Quedó 1-3, emparejó 3-3, se puso al frente 5-3 y luego de una devolución larga, sacó 5-4.

Para ponerse match point atacó y voleó casi en el aire, de revés. La pelota quedó corta y la alemana no pudo llegar antes del segundo pique. En 6-4, Gaby sirvió al medio, Graf devolvió de drive y se fue a la red, pero el tiro golpeó en la faja e hizo que se elevara demasiado para quedar a mitad de cancha, a merced del drive de Sabatini, que pegó hacia la izquierda de su oponente, bien abierto. Eran las 16 horas y 16 minutos del sábado 8 de septiembre de 1990 (horario de Nueva York), cuando el passing shot de Sabatini aterrizó cerca de la línea. Fue tan sobre el límite, que generó unos segundos de vacilación en el juez de línea, quien casi en cámara lenta juntó sus manos de setencia. El título ya volaba para quedarse en la Argentina, mientras Graf miraba el pique con las manos en su cintura, resignada ante la derrota.

Fue una imagen calcada, es increíble, de aquella pelota definitoria entre Guillermo Vilas y Jimmy Connors, por el mismo título versión masculina, en 1977, cuando se dudó si el drive de Jimbo cayó o no dentro del espacio válido, hasta que el linesman estiró su brazo y decretó que la pelota había sido mala. Gaby no tardó en desatar un ritual de triunfo que dejó escapar la masa de nervios contenida. Nos emocionamos con esa Gabriela vigorosa, impetuosa, violenta, firme, valiente, sensata, ágil, osada, talentosa.

La preclasificada 5ª superó a la 1ª y corrió hacia un lateral del estadio para abrazar a Osvaldito, quien casi le arranca su negra cabellera por la exaltación, y a su coach. Yo abracé al periodista que tenía al lado -Luis Vinker, que cubrió para el diario Clarín- y gritamos ¡vamos carajo! al unísono. Dejamos la profesión y la objetividad de lado y liberamos tensiones. Fue un estampido que inundó nuestro sector, porque también aplaudieron y festejaron los periodistas españoles, brasileños, portugueses, italianos y el mismísimo Bud Collins, que escribía para el diario Boston Globe -sin dudas el más pintoresco y representativo colega que he conocido- quien no se cansó jamás de desparramar elogios para su “Divina Gaby”, como la llamaba. Observamos la entrega de premios desde lo alto, en nuestro lugar de trabajo.

La ceremonia fue dirigida por el campeón estadounidense Tony Trabert y la actriz Linda Evans, muy conocida por las series Valle de pasiones y Dinastía, vocera en ese momento de la empresa Clairol (auspiciante del certamen femenino). Entregaron los cheques a las finalistas y Graf apenas dijo unas palabras. Cuando Trabert le preguntó a Sabatini por el partido, ella se extendió un poco más, agradeció a su coach, a sus familiares y amigos, además de expresar su eterna humildad: “No puedo creer que haya ganado el torneo”, confesó, tapada por los aplausos de unas 20.800 personas. El trofeo se lo dio el presidente de la USTA (United States Tennis Association), David Markin, quien también alabó el tenis de la argentina que, dicho sea de paso, acumuló en la final un porcentaje altísimo de primeros saques (74%) contra un 67% de Graf.

Cumplidas nuestras obligaciones laborales como informar por radio, escribir, mandar faxes (el e-mail no figuraba en nuestra imaginación) y rumbo a la conferencia de prensa, nos felicitaban en los pasillos; tal era la cara de orgullo que portábamos. La verdadera artífice nos esperaba con el lustrado trofeo a la izquierda de la mesa, donde explicó paso a paso su hazaña. Revalorizó sus acciones deportivas y Nueva York le renovó su incondicional fidelidad. Kiki Kirmayr ¬-que después de consultarlo decenas de veces, en tantas jornadas, y por su don de gente, casi se podría decir que se convirtió en un amigo de los periodistas argentinos¬- se quedó a un lado para escuchar las respuestas de su pupila en el pequeño y abarrotado salón.

La felicidad brotaba de sus poros: “Gaby peleó muchísimo para llegar a las semifinales -dijo el carioca- por eso estaba con mucho ritmo y sorprendió a Mary Joe; ella no esperaba que fuera tanto a la red. Por el viento reinante, los passing perdieron eficacia. Gabriela atacó con coraje y eso le dio confianza para la final, donde volvió a molestar el viento. Ser ofensiva descolocó a Graf, que tenía que pasarla en forma perfecta y no se podía; fue víctima de una táctica poco usada en el tenis actual de mujeres. Planteamos el partido en un papel, para que ella lo visualizara: pelotas altas al revés de Steffi, con otras bajas para variar e ir a la red cuando pudiera”. Hay que agregarle la labor mental, a cargo del psicólogo deportivo estadounidense Jim Loher, quien desde abril del '90 aportó sus conocimientos para aumentar la autoestima y seguridad de la jugadora. Se lo presentó el entrenador Carlos Salum, conocido de Gaby, quien trabajaba con el prestigioso profesional en la Academia de Nick Bollettieri, en Miami.

Habían pasado seis años desde que, con apenas 14, Gaby pisó por primera vez Flushing, donde debutó en el main draw de singles con una victoria contra la local Paula Smith, para perder en tercera ronda con Sukova. La misma semana participó en el doble mixto junto con el rumano Ilie Nastase, por iniciativa de la empresa de management que la manejaba, ProServ, con el fin de presentar en sociedad a Gabriela en un torneo semejante. Anécdotas que, con seguridad, habrá recapitulado en la cena que compartió con familiares, coach y amigos la noche de su gran día, cuando fue invitada por Chris Evert y su esposo, en el restaurante Elios, en la Segunda Avenida.

Gaby nos había confesado que todas las noches recurría en un sueño, en el que levantaba el trofeo; que no podía dormir pensando en eso. Y que aquel punto definitivo fue lo mejor que le pasó en el tenis. Además, todo transcurrió en la ciudad que mejor se sintió siempre, que no podía haber un lugar superior para conseguirlo.

De regreso al '90, nosotros alejamos la modorra de vivencias pasadas no tan felices y nos estimulamos para difundir nuevos sucesos, a partir de su indiscutible calidad. Hasta le sirvió, a Gabriela, para que su papá dejara de fumar: lo primero que hizo Gaby, al entrar a la sala de jugadores después de la final, fue llamar a su casa y recordarle que cumpla con la promesa. Osvaldo había apagado su último cigarrillo cuando aquella pelota de su hija fue buena…

Volvimos a Buenos Aires con la certeza de transportar un equipaje singular, jugoso, indeleble. Como empapados de dignidad. Por esos días, a Gaby se le criticaba un estancamiento en su juego, en cierta manera real: tras la irrupción en el campo rentado y conseguir su primer Masters, ella transitó por una cornisa irregular que la alejó de la cima. Necesitaba una persona que la protegiera de la embestida que podía aburguesarla; que le hiciera ver el tenis con más frescura; entender que es un deporte donde congenian el profesionalismo y la alegría. Gaby debía canjear bondad y condescendencia por un poco de agresividad e “instinto asesino”, que suena cruel pero es el término que mejor define un exhorto vital para el campeón.

Conoció y contrató al entrenador indicado en ese instante de su carrera deportiva. Tardó más de la cuenta en caminar a su lado, es cierto. Pero ¿quién tiene la autoridad para certificar si perdió oportunidades valiosas? Lo rescatable, real e irrebatible, es que su apellido permanecerá en la excelsa lista de campeones: el 104º Abierto estadounidense femenino es sólo de Gabriela Sabatini. Por los siglos de los siglos.

* Presente en el US Open 1990 disputado en Flushing Meadows, Nueva York.

Sus siete victorias en Flushing Meadows '90

1º + Kathy Jordan (EEUU) 6-1 y 6-1
2º + Isabelle Demongeot (FRA) 6-1 y 6-1
3º + Sabine Appelmans (BEL) 6-2 y 6-4
Octavos + Helena Sukova (CZE) 6-2 y 6-1
Cuartos + Leila Meskhi (GEO) 7-6 (5) y 6-4
Semifinales + Mary Joe Fernandez (EEUU) 7-5, 5-7 y 6-3
Final + Steffi Graf (ALE) 6-2 y 7-6 (4)

© Copyrigth Eduardo Puppo - Prohibida su reproducción
Fotos: Eduardo Puppo 1990 / Gentileza El Gráfico (primer plano festejo)





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