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Periodismo

• Carpa de Prensa montada en el Estadio Islas Malvinas de Mar de Plata. Final mundial Copa Davis 2008.


Dirección periodística de los torneos en la Argentina
Del lado de la prensa

Cuando comencé con la organización de prensa en el tenis argentino, hace unos cuantos años, no imaginaba que esa tarea evolucionara tan rápidamente para convertirse en un trabajo paralelo a mi carrera-base, de periodista de tenis. Y menos que demandaría semejante dedicación y mecanismos cada vez más profesionales y efectivos. No era común montar un salón especial para los medios de prensa en el país, con todas las comodidades, principalmente porque no existían “especialistas” en cantidad que justificara el tema. Sí se los atendía con esmero y, en tiempos remotos, es justo reconocerlo, los organizadores eran prácticamente amigos de los escasos periodistas.

Al principio, cuando apenas estaba haciendo pie en estas cuestiones, recuerdo algunas carpas en Copa Davis, más por sugerencia de la Federación Internacional de Tenis que por exigencia local, que servían para entrevistar a los protagonistas y no mucho más. También se hicieron en un par de circuitos satélite, ya con mayor puntualidad, si bien el concepto no estaba impuesto totalmente en el ambiente nacional. Yo editaba mi primera revista de tenis (Tie-Break) y mientras trataba de buscar un lugar dentro del periodismo, recibí sorpresivamente la propuesta de organizar la prensa del Campeonato del Río de la Plata de Tenis, en el Buenos Aires Lawn Tennis Club, junto a mi colega Guillermo Salatino, socio de la institución y con quien dirigíamos aquel medio.

Corría 1986 y ya había tenido la oportunidad de cubrir un Grand Slam tres años antes: al contar con libre movilidad en la Sala de Prensa de Flushing Meadows, aproveché para abastecerme de información vital. Anoté cada cosa que me resultaba llamativa, como los comunicados ordenados por tema y en casilleros, los cuadros en la pared para ser actualizados, la distribución de escritorios, el trato de los encargados, la manera de acreditarse, el manejo de las conferencias multitudinarias, los presentes para los periodistas, el servicio general, gastronomía, hidratación, transporte, hotelería, etcétera.

En ese momento, en los torneos que se disputaban en el país, los periodistas se contactaban directamente con los jugadores a la salida de los partidos o, en el mejor de los casos, pasaban a los vestuarios o merodeaban el palco oficial. Para aquel campeonato del '86, que se jugó a fin de año, monté una sala con un par de teléfonos, dos máquinas de escribir, un “modernísimo” fax, una fotocopiadora, algunas bebidas en un tacho con hielo para ofrecer durante el día y unos ventiladores. En los días previos armé varios “News” (escritos a máquina y fotocopiados) para colocar sobre mesas con caballetes.

Los periodistas, que no superaban la veitena, a quienes yo recién conocía, se mostraron gratificados de tener gran parte del trabajo hecho: datos que no debían buscar en libros (obviamente, internet ni siquiera era una palabra inventada, creo), desgrabación de las pocas conferencias de prensa que hicimos tras los encuentros más importantes y los resultados.
A partir de allí me di cuenta de que era muy bien visto ofrecer esos servicios y, como comencé con las coberturas periódicas en el exterior, año a año me fui perfeccionando con un objetivo: dar lo que me gustaría recibir como periodista, porque estaba de ambos lados del mostrador.

La catarata de torneos fue de la mano del éxito argentino. De esa forma arribaron a mi mesa de trabajo centenares de pedidos de acreditación y fui convocado por la Asociación Argentina de Tenis para ser su Jefe de Prensa. Allí tuve a cargo, obviamente, la Copa Davis varios años. Y en este punto recuerdo una anécdota contradictoria, que me causa gracia a la distancia: en 1980, cuando comencé con la revista Tie-Break, envié por carta el pedido de acreditación a la AAT para cubrir la serie contra Checoslovaquia. Como no me respondían, fui hasta la sede que estaba en Julio A. Roca 546, 7º piso, y mi moral se vino al piso: “No señor, no fue acreditado”.

Pregunté las razones: “No conocemos su medio y no sabemos quién es usted”, me dijo una señora, al pasar, detrás del mostrador. Esgrimí mi defensa como pude, con la timidez del caso, pero me tuve que ir con la cola entre las patas, masticando bronca. Al otro día, sin más remedio, salí a comprar entradas y así “cubrí” esa conflictiva Copa Davis, desde la tribuna general en un lateral. La paradoja es que, seis años después, terminé siendo la persona que decidía qué periodistas podían entrar o no, en la oficina de prensa de la entidad madre.

Así me dediqué a pleno y realicé prácticamente todas las direcciones periodísticas hasta estos días, aunque mi pasión siempre seguirá siendo escribir e investigar sobre tenis y muchos que me contactan se confunden, en la creencia de que mi verdadera profesión es ser jefe de prensa.

Luego, con el primer challenger de peso que se disputó en la Argentina, en 1997 (Copa Ericsson), el aluvión de periodistas obligó a subir un escalón en lo referente a logística. Recuerdo que el “listado de necesidades” que presenté sorprendió a Martín Jaite -Director del torneo- porque ya no solicitaba dos líneas de teléfono sino cinco o seis y era inminente el desembarco de la computación, por entonces aún no hecha carne en la vida de todos nosotros.

La siguiente temporada sirvió para “romper” de alguna manera con todas las marcas conocidas en prensa de tenis, localmente hablando. Se acercaba el nuevo milenio y la tecnología nos golpeó muy fuerte y, a la vez, sacudió algunos esquemas anquilosados: la comunicación se transformó; el fax, para informar sobre conferencias de prensa o listados de jugadores, quedó a un costado, y el e-mail se abrió camino triunfante a sabiendas de que, en poco tiempo, sería estrella excluyente para nuestra labor. No fue fácil, de todas formas, imponerlo como la indiscutida herramienta contundente que es hoy, por el simple hecho de que no todos los periodistas lo aceptaron o se “ciber-equiparon” con rapidez. Pero no había dudas: se generó un cambio radical que facilitó cada una de las etapas.

La recuperación de una fecha dentro del calendario de la ATP, concretada el 31 de agosto de 2000 en Nueva York, significó otro desafío. Los involucrados en el armado general del certamen debíamos movernos otro peldaño en pocos meses, ya que febrero de 2001 quedaba a la vuelta de la esquina. Varios elementos ya estaban probados por su eficacia, pero las victorias dentro de las canchas marcó otra realidad: se quebraron las fronteras y el tenis argentino atrajo a espectadores, anunciantes y... más periodistas de aquí y del mundo.
Con similares características a un Grand Slam, las acreditaciones sufrieron una metamorfosis imprescindible: barras de seguridad, foto, nombre y una limitación en la cantidad.

El ATP de Buenos Aires -finalmente Argentina Open- mejoró notablemente cada año y la prensa se sintió muy a gusto asistiendo a la previa, la clasificación y el main draw, que bien podría definirse con otra frase: lo disfrutaban. No es fácil manejar las 500 o 600 solicitudes que deben culminar -por razones de espacio- en aproximadamente 250 periodistas acreditados, incluyendo fotógrafos, productores, camarógrafos y ayudantes y que apenas un centenar tengan lugar en el court central. La distribución tiene que ser equilibrada y justa, presumiendo un estudio detallado de aquellos pedidos de medios no conocidos masivamente. No es sencillo balancear la oferta y la demanda, pero se intenta. Y se va ajustando. Y se reciben quejas, insultos, reproches...

De todas formas, se brindaron ciertos servicios como novedades vía e-mail, página web, fotos en alta resolución para descargar de un ftp, scores online y desgrabación de entrevistas -entre otros- para satisfacer la necesidad informativa. También se comenzó a confeccionar un “Daily”, con los cuadros y la programación del día, fotocpiado por miles y entregados al público, se organizaron entrevistas “one-to-one” o personales con los jugadores, se estableció una estrecha interrelación con el stand de “Servicios al Espectador”, donde la gente consulta en forma constante todo tipo de temas y hasta se organizó la post-prensa, para captar todo lo publicado y armar una carpeta final con ese material para el organizador y los sponsors. Esto es lo básico, que se une a lo cotidiano de una semana larga donde se convive con la prensa nacional e internacional (siempre fue usual recibir a periodistas de Brasil, Chile, Uruguay, Estados Unidos, Perú, México, Ecuador, etc.).

Con un grupo de colaboradores tuvimos el privilegio de contar con el entendimiento, la capacidad de adaptación y predisposición de las autoridades de cada edición de cada torneo trascendente. Igual, pasé por todas, con altibajos como en cualquier actividad. Con salas “normales” y otras que superaron cualquier previsión. La carpa montada en el Estadio Islas Malvinas de Mar del Plata, para la final mundial de Copa Davis 2008, fue gigantesca, como ejemplo de máxima. Lo mismo que la sala del hotel Hemitage utilizada para el sorteo, atestada de periodistas.

Para llegar a realizar una buena gestión de prensa a través del tiempo, lo fundamental es conseguir credibilidad y asumir un compromiso. La confianza que generemos en los periodistas y el nivel de respuesta que tengamos para con ellos, será la base de nuestro trabajo y el único termómetro del éxito.

* Jefe de Prensa de la mayoría de los torneos oficiales y de exhibición realizados en el país a partir de 1986 hasta el presente.

© Copyrigth Eduardo Puppo - Prohibida su reproducción
Foto: Eduardo Puppo 2008





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