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Experiencias

• El estadounidense Pete Sampras durante su despedida del tenis profesional, en Flushing Meadows.


1992: Sampras y una actitud ejemplar
El "bueno" de Pete

Por Eduardo Puppo

18 de julio de 2021

La primera vez que vi al estadounidense Pete Sampras fue en agosto de 1990, en Flushing Meadows y por casualidad. Como siempre ocurre durante los primeros días de cualquier Major para un periodista, deambulando de cancha en cancha me detuve en una donde el austríaco Thomas Muster definía un quinto set contra el peruano Jaime Yzaga. Después del tie-break final y cuando ya la gente se desconcentraba buscando otro hueco para espiar otro partido, recorrí el Daily Draw Sheet y -lo reconozco- me interesó en principio ver al suizo Jakob Hlasek -en esa época aún en gran nivel-, que jugaba frente a una de las esperanzas locales -Sampras-, del cual yo no sabía mucho: solo que había ganado un par de torneos antes y que sacaba muy fuerte.

Cuando llegué, Hlasek estaba un set abajo. Pero lo sorprendente fue ver a un adolescente delgadito de pelo corto y cejas anchas -con típico look de estudiante universitario nada interesado por el deporte- conseguir un ace tras otro sin el mínimo esfuerzo. Allí le presté atención y recuerdo que, cuando volví a la sala de prensa, les comenté a algunos colegas algo así como "no saben cómo le pega Sampras...", tirando el típico y desafiante "este tipo gana el torneo", con la intrepidez e irreponsabilidad de lo dicho al vuelo, esperanzado que, si no sucedía, nadie lo recordaría. Por supuesto, no descubrí al estadounidense, pero tuve la sensación de estar frente a un monstruo, tal cual me ocurrió en 1979 con Sabatini o ese mismo 1990 con Courier en Roland Garros.

Días después Sampras todavía seguía en el cuadro. Hlasek quedaba atrás en sets corridos; luego eliminó a Muster en cuatro y su prueba de fuego llegó contra Ivan Lendl -quien había alojado en su casa a Sampras para entrenar juntos dos años antes- y que de las duras canchas neoyorkinas sabía bastante. A pesar de sus 19 años, Sampras tuvo el aplomo necesario para ganar con lo justo los dos primeros sets y sobrellevar la reacción de Lendl hasta liquidar el match con un 6-2 contundente en el quinto. Recuerdo hasta los gritos de Bud Collins (el periodista especializado más carismático, pintoresco y reconocido, a mi gusto, de la historia), sobresaltado tras la victoria de la estrella naciente y, acompañando a sus alabanzas, las de todos quienes ya apostábamos cualquier cosa por el Sampras candidato: Edberg, el Nº 1, quedaba afuera al perder en primera rueda y Becker se debía eliminar con Agassi en semifinales.

Para Sampras quedaba la durísima tarea -más sentimental que deportiva- de cortarle el paso a John McEnroe. Y lo hizo. Con absoluta calidad y autoridad arribó a la final. Ya nadie dudaba que -campeón o no-, el tenis tenía un renovado y verdadero ejemplar con el poder suficiente para dominar la velocidad en el juego que se venía. El domingo 9 de septiembre de 1990 (el día después de la gran victoria de Sabatini contra Graf) Sampras selló su pasaporte definitivo como figura; apabulló a la versión de Agassi que aún no respondía bien en los grandes torneos. La victoria colocó a Sampras como Nº 5 del mundo el lunes siguiente.

Dos años más tarde compartí una semana de Copa Davis en Hawaii con el equipo argentino que enfrentaba al de los Estados Unidos. Dejando de lado lo mal que nos fue dentro de la veloz cancha de cemento (0-5), allí comprobé que Sampras era un buen proyecto general de número uno: técnica exquisita, ganador, educadamente atrevido y tan clásico como terrenal.

¿Por qué? Porque parecía no llevarse la vida por delante; porque -al contrario de sus compañeros Agassi y McEnroe- compartía desayunos con gente desconocida alojada en el hotel, porque conversaba con ellos, porque tomaba sol junto a su monumental novia DeLaina al lado de cualquiera y por el simple pero importante detalle de... saludar. Lo hacía con los choferes de los autos, los empleados del descomunal Mauna Lani Hotel y también con la media docena de periodistas argentinos que llegamos hasta las islas cuando, al tercer día, ya nos veía la cara en cada pasillo, en cada entrenamiento, en cada caminata hasta el club, a unas cuadras del alojamiento.

En uno de los días previos nos cruzamos en el ascensor (las habitaciones de los jugadores y los periodistas estaban en el mismo piso) y tras un tímido "Hi" que partió inesperadamente de su boca (completábamos el cuadro una señora española y yo), la casual acompañante le preguntó en perfecto inglés: "¡Qué raro! Sos tan famoso y sin embargo tan amable". Y Pete, casi sonrojado, palabras más, palabras menos, contestó con timidez: "Sí, señora, es bueno ser el mejor, pero no soy diferente a nadie. Por eso no tengo derecho a ser maleducado". Traducción: los pies sobre la Tierra; ser cortés a pesar de su condición de estrella. Y creo que jamás varió su postura, demostrando que no era una fachada inventada como ya nos vendieron tantos de los top.

Por esas cosas, cuando me preguntaban en los noventa quién era el mejor de todos, contestaba Pete Sampras. Con la historia rodando, llegó a conseguir 14 títulos Major y parecía que nadie podría superarlo (más adelante Roger Federer, Rafael Nadal y Novak Djokovic llegaron a 20). No se le podía encontrar grandes fisuras porque cuando jugaba enfocado -y, obviamente, eso sucedía a menudo- era imbatible. Y además, un gentleman que respetaba a sus rivales, las decisiones de los jueces -a pesar de masticarlas por dentro-, les dio siempre crédito a su primer profesor, Pete Fischer, y a su desaparecido coach, Tim Gullikson, a su masajista, Walt...

En eso le volvió a quitar el manto de locura, histeria, agresividad y sensacionalismo que la posición de líder tenía como estereotipo. Sampras completó el cuarteto de "buenos" junto a Wilander, Edberg y Courier, pero con características todavía más naturales, sacándole definitivamente la fama de "inalcanzable" a los ídolos deportivos. Más tarde en la línea de tiempo llegarían las redes sociales, que acercaron de manera definitiva a unos y otros.

Del sueco Stefan Edberg se decía que las tenía todas: número uno del mundo, atleta, multimillonario, buen tipo y, encima, pintón. De Sampras puedo afirmar que los cuatro primeros puntos se cumplían rigurosamente. El quinto, no me toca a mí asegurarlo.


© Copyrigth Eduardo Puppo - Prohibida su reproducción
Foto: Ron Angle





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